La semana pasada coincidieron dos eventos que pueden marcar la relación entre México y Estados Unidos. El jueves, en Washington, Donald Trump presentó la National Security Strategy 2025 (NSS); el sábado, desde el Zócalo de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum celebró los “Siete Años de Transformación”.
El NSS es documento con el que Trump busca alinearse con el sector militar y convertir sus obsesiones políticas en órdenes ejecutables por sus fuerzas armadas y el Departamento de Estado. Su eje más inquietante para México es el llamado “Corolario Trump” a la Doctrina Monroe, mediante el cual EEUU reclama el control político, económico y estratégico sobre todo el continente americano. No habla de cooperación ni de diálogo, sino de control. Sin embargo, Trump, siendo un político profundamente transaccional, ignorará partes de su propia estrategia si le conviene y lo hará sin empacho.
Primero, la militarización: los cárteles son reclasificados como una amenaza para la seguridad nacional de EEUU, lo que abre la puerta a “despliegues dirigidos” y al uso de “fuerza letal” sin el consentimiento mexicano. Segundo, la soberanía condicionada: EEUU presionará para expulsar a China de los puertos, los sectores energético y de telecomunicaciones, los autos eléctricos y otras áreas estratégicas. Tercero, la coerción económica: los aranceles dejan de ser herramienta de negociación y se convierten en un instrumento de seguridad nacional, lo que facilita castigos comerciales sin violar los tratados.
El apartado más delicado es el que roza al T-MEC. Cualquier triangulación con China será castigada; el origen de los componentes de los bienes que México exporta a EEUU se convierte en asunto de seguridad y las inversiones chinas en el sector automotriz, en baterías o en puertos podrán ser vetadas o sancionadas. México queda atrapado entre su dependencia exportadora de EEUU y la presión china por ganar terreno.
Dos días después, la presidenta Sheinbaum llenó el Zócalo para celebrar el aniversario de la 4T. El gobierno habló de 600 mil asistentes, cifra inverosímil para una plancha de 46,800 m², pero útil para sostener la narrativa de fuerza. Desde ahí, la presidenta envió tres mensajes: a Washington, a los empresarios estadounidenses y a sus opositores internos.
Ante la posibilidad de operaciones unilaterales, reivindicó la reforma al artículo 40 constitucional como un dique frente a cualquier intervención. Frente a la US Chamber of Commerce (AmCham), que acusa al SAT de abusos contra empresas estadounidenses, defendió la recaudación como “justicia social” y dejó claro que no habrá marcha atrás en 2026. Y hacia la oposición, descalificó las denuncias de autoritarismo, represión o vínculos con el crimen organizado como “realidades virtuales” fabricadas con bots y campañas sucias.
México entra a 2026 sin certezas, pero tampoco al borde del abismo. La NSS endurece la postura estadounidense; el discurso de Sheinbaum fortalece la legitimidad interna. El reto será mantener abierta la negociación con EEUU sin que la defensa de la soberanía se quede en un gesto retórico.
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