Antier, 6 de mayo, Donald Trump dijo: “Posiblemente empezaremos a renegociar el T-MEC… No sé si sea necesario renegociar el T-MEC ya”. Añadió que el tratado fue un “acuerdo transitorio” que podría “ya no ser necesario”, y sugirió incluso su eliminación. Todo esto tras imponer aranceles del 25% a productos importados desde México y Canadá que no cumplan estrictamente con las reglas del tratado. El mensaje fue claro: el T-MEC está nuevamente bajo amenaza.
Muchos en México, Washington y los centros financieros internacionales dicen estar sorprendidos. Se preguntan cómo es posible que Trump, habiendo renegociado ya el acuerdo, esté dispuesto a dinamitarlo apenas cinco años después. Pero no hay sorpresa. Era cuestión de tiempo. Trump es fiel a su lógica: cualquier acuerdo solo es válido mientras otorgue ventajas absolutas a Estados Unidos. Si no las hay —o si él cree que no las hay—, el acuerdo debe modificarse o desaparecer.
Lo advirtió durante décadas. En 1987, en Forbes, denunció el abuso comercial de Japón. En 1990, testificó en el Congreso exigiendo aranceles. Ese mismo año, en Playboy, acusó a Japón de “venir a volcarlo todo” a EEUU. En 1993, ya criticaba el TLCAN en The New York Times. En 1999, en Larry King Live, dijo que México “nos está quitando los empleos”. En 2000, lo llamó “catástrofe” en su libro The America We Deserve. En 2005 lo reiteró en CNN. En 2011 lo acusó en Fox News de destruir la manufactura. En 2012 lo llamó “asesino de empleos” en redes y en Forbes. En 2015 prometió romperlo en 60 Minutes. En 2016 lo calificó como “el peor acuerdo comercial de la historia”. En 2018 lo reemplazó por el T-MEC, que ahora vuelve a cuestionar. La línea es clara y consistente.
Trump no ve el comercio como intercambio entre iguales, sino como una suma cero donde solo gana uno. Para él, el proteccionismo no es estrategia: es dogma. Y como todo dogma, no admite matices ni consecuencias. No importa si las nuevas tensiones dañan cadenas de suministro, disparan inflación o erosionan la inversión: si no hay ganancia inmediata para su país —o para su narrativa electoral—, el trato no sirve.
México vuelve a estar en la mira. Ya no se trata solo de endurecer las reglas de origen automotriz o presionar por acceso al mercado agrícola. Se trata de reabrir el acuerdo completo, bajo amenaza de nuevos aranceles, como los que ya impuso. Solo los productos que cumplan estrictamente con el T-MEC fueron exentos desde el 2 de abril. Todo lo demás será castigado, a menos que México “coopere” bajo sus condiciones.
Frente a esto, la presidenta Claudia Sheinbaum aseguró ayer que México defenderá el T-MEC y que está preparado para cualquier escenario, aunque no contempla su desaparición. Dijo que el acuerdo ha sido benéfico para los tres países y que continuará el diálogo con Washington y Ottawa. Pero más allá de sus declaraciones, sería deseable que explicara con claridad en qué consiste esa preparación: ¿hay una estrategia comercial definida?, ¿una agenda de negociación?, ¿planes ante posibles represalias arancelarias? Porque el problema no es técnico. Es político: cómo enfrentar a un presidente cuyo dogma es tratar el comercio como imposición, no como cooperación.
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