El viernes pasado, ante los crecientes rumores sobre una nueva ofensiva arancelaria de Donald Trump, la presidenta Claudia Sheinbaum respondió con firmeza diplomática: “Nosotros no estamos de acuerdo con los aranceles. Creemos que la mejor manera de competir —del propio Estados Unidos— es fortalecer el Tratado Comercial para competir mucho mejor con otras regiones del mundo”. Añadió que su gobierno seguiría trabajando con el de EEUU en seguridad, migración —incluyendo la protección de connacionales— y comercio.
Ayer, dos días después de que se hiciera pública la carta enviada por Trump a la presidenta de México el 12 de julio, en la que le anunciaba un arancel general del 30% a todas las exportaciones mexicanas a partir del 1º de agosto, ella le restó dramatismo al asunto al explicar que cartas similares “se están enviando a todo el mundo” y recordó que los productos amparados por el T-MEC mantienen arancel cero “porque es ley”. Aunque expresó confianza en evitar el 30% mediante un acuerdo, también dejó claro que tiene un plan si eso no ocurre.
Tal vez ese plan deberá ser activado, porque también ayer Trump dejó claro que no comparte el mismo enfoque. Al referirse a las cartas durante una conferencia de prensa en la Oficina Oval de la Casa Blanca, afirmó: “Los acuerdos ya están hechos. Las cartas son los acuerdos”. Sin embargo, en la carta dirigida a la presidenta le informa que impondrá la tasa del 30%, salvo que haya un acuerdo previo. Pero parece ser que, para él, el “acuerdo” ya es la carta. No hay margen para diálogo, sólo para obedecer. De inmediato surgió la confusión: ¿las cartas son una amenaza o un ultimátum? ¿Un punto de partida para negociar o un cierre definitivo? La lógica negociadora se rompe si la otra parte impone sin escuchar, y ese parece ser el juego que Trump ha elegido para avanzar sus objetivos políticos de corto plazo.
¿Trump realmente quiere negociar o ya decidió imponer aranceles y culpar a México del fracaso? ¿Acaso ya resolvió volver a usar a México como villano electoral, sin importar el costo para millones de personas a ambos lados de la frontera? Lo que dijo ayer permite suponer que ha renunciado a la vía diplomática. Ya no habla de “90 acuerdos en 90 días”, como prometió en abril, sino de cartas unilaterales que imponen condiciones. Esto ha generado desconcierto entre socios comerciales y mercados internacionales. No fueron negociadas, no son vinculantes, pero Trump las presenta como si lo fueran.
Si para él las cartas equivalen a tratados y sus términos no están abiertos a discusión, ¿qué sentido tiene que una delegación mexicana, encabezada por Marcelo Ebrard, siga intentando construir un acuerdo? ¿O es que el gobierno mexicano insiste en negociar con alguien que ya decidió no escuchar?
Mientras Sheinbaum opta por la mesura, la legalidad y la negociación, Trump juega a la imposición, la presión y la incertidumbre. Y aunque México tiene razones para confiar en el T-MEC, nada garantiza que Trump respete sus cláusulas. Por ahora, Sheinbaum resiste, negocia y planea. Pero si Trump ya no quiere negociar, quizás sólo quede esperar el golpe… o prepararse para devolverlo, mediante el plan que dice tener.
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