Seguirá la guerra contra el narco

Los gobernantes de la mayoría de los países encabezan desde la comodidad y seguridad de sus oficinas la guerra contra el narcotráfico...

3 de marzo, 2016

Los gobernantes de la mayoría de los países encabezan desde la comodidad y seguridad de sus oficinas la guerra contra el narcotráfico porque, al fin y al cabo, quienes han muerto y siguen muriendo en la misma son las decenas de miles de adolescentes y adultos jóvenes que optaron por ingresar a alguna organización criminal o decidieron sumarse a las filas de alguna fuerza policiaca o militar.

No se tienen datos precisos sobre la cantidad de muertos que ha dejado la guerra contra el narco que, sin planeación previa ni los recursos económicos, materiales y humanos necesarios para librarla exitosamente, decidió declarar en diciembre de 2006 el entonces presidente Felipe Calderón. Los números van de los 60,000 a los 120,000 hombres y mujeres que perdieron la vida de manera violenta, ya sea en enfrentamientos entre grupos delincuenciales antagónicos o entre delincuentes y las fuerzas del orden; muchos fueron brutalmente asesinados por sus rivales o ejecutados extrajudicialmente por militares o policías municipales, estatales o federales. Del total de los muertos, unos 3,000 eran policías o soldados o marinos.

Y así, mientras se han muerto tantas personas en nuestro país y alrededor del mundo, la mayoría provenientes de las clases socio-económicas menos privilegiadas, los dirigentes políticos han conducido la fallida guerra desde sus elegantes y bien protegidos despachos. Entre estos dirigentes hay jefes de estado y/o de gobierno y altos burócratas de las diversas organizaciones internacionales creadas para combatir el tráfico de drogas.

Entre estos burócratas están los que dirigen la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes de la Organización de las Naciones Unidas (JIFE), basada en Viena, Austria, que ayer hizo público su Informe 2015 en cuyo prefacio se acepta que “el grado de disponibilidad y accesibilidad de estupefacientes y sustancias psicotrópicas para fines médicos no es en absoluto satisfactorio a nivel mundial. Igualmente, el objetivo de lograr una reducción importante de la demanda y la oferta ilícitas de drogas no se ha cumplido. Por último, han surgido numerosos problemas nuevos, como el de las nuevas sustancias psicoactivas”.

Curiosamente, después de aceptar que “el objetivo de lograr una reducción importante de la demanda y la oferta ilícitas de drogas no se ha cumplido” 45 años después de que el entonces presidente de Estados Unidos Richard Nixon iniciara la guerra mundial contra las drogas, la JIFE añade, con un irracional e injustificado optimismo, que “estos problemas pueden superarse cumpliendo plenamente los tratados y los principios de las declaraciones políticas”. Tal vez, pienso, se necesitarán otros 45 años y cientos de miles de muertos más para que en el año 2060 por fin queden convencidos los líderes políticos y burócratas internacionales que la guerra contra las drogas en realidad se perdió en 1971, el año en que se inició.

El Informe 2015 de la JIFE condena la legalización de las drogas que muchos hemos propuesto desde hace décadas como una manera de resolver el problema de la violencia que genera el tráfico ilegal de las drogas prohibidas. La postura de la JIFE, que es compartida por los gobiernos de Estados Unidos y otros países que, se quiera o no, influyen sobre las decisiones de naciones más débiles como es México, es totalmente paternalista y le niega a los adultos del mundo el derecho a ser responsables de sus decisiones. Esto es lo que señala la JIFE:




“Incluso en un hipotético sistema político, social y jurídico en el que se asumiera que no deben restringirse las decisiones de consumo de la población adulta y que se debe dar libertad a los productores para satisfacer y fomentar la demanda de los consumidores mediante la mercadotecnia, podría ser razonable hacer una excepción en el caso de las sustancias psicoactivas. Ello tendría por objeto proteger a los consumidores de su falta de conocimientos y de los errores al adoptar decisiones (que el propio consumo de la sustancia podría agravar), reducir al mínimo las enfermedades y los fallecimientos evitables, y proteger a otras personas de las consecuencias del comportamiento bajo los efectos de las drogas”.

Así las cosas, la guerra contra el narcotráfico seguirá en todo el mundo, generando muertos, violencia y corrupción en gran escala. Eso no parece importarle a la JIFE, a la ONU ni a los dirigentes políticos del mundo.

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