El anuncio sobre el aumento al salario mínimo en 2026 se presentó ayer en la Mañanera como otro “hito histórico” de la Cuarta Transformación. El salario general sube de $278.80 a $315.04 diarios, y el de la Zona Libre de la Frontera Norte, de $419.88 a $440.87. En Palacio Nacional se habló de dos canastas básicas diarias, 8.5 millones de beneficiarios y 6.6 millones de personas que habrían salido de la pobreza gracias a los aumentos. Según la presentación que acompañó el anuncio, el salario mínimo recuperó el 154% de su poder de compra desde 2018. En el discurso, el trabajador vive mejor.
El problema surge cuando el relato oficial se cruza con la inflación esperada para 2026, los precios de la despensa y la capacidad de las MiPyMEs para pagar la cuenta. Con base en las expectativas de Banxico, la inflación rondará el 4%, por lo que el aumento del 13% del salario general equivale a una ganancia real del 9%. En la frontera, con un aumento de sólo 5%, el avance real será de 1%.
El gobierno sabe que la economía no da para más. Si estuviera fuerte, el aumento sería parejo. Pero el PIB de 2026 crecerá apenas 1.2% o 1.3%, y la frontera es el motor exportador. Allí, un aumento mayor pondría en riesgo la inversión y el empleo maquilador justo cuando el consumo interno ya muestra señales de agotamiento y las tasas de interés continúan estrangulando el crédito a las empresas pequeñas.
Ayer se presumió que con un día de trabajo se pueden comprar más frijol, tortilla y huevo. Según el documento, el frijol sube de 5.6 a 7.1 kilos, la tortilla de 13.1 a 14.8 y el huevo de 6.0 a 6.5. Pero en realidad, la historia es otra: el arroz pasó de poco más de 20 pesos a más de 30 pesos; la carne de res subió casi 18%. Un salario mínimo compra hoy menos arroz y menos carne que hace un año. El pollo apenas empata, la cerveza se encarece por el IEP y los refrescos compiten con las proteínas del hogar. El salario sube, pero el precio de la despensa ya se adelantó.
Para las MiPyMEs, el golpe es letal. Entre 2019 y 2023 nacieron 1.7 millones de negocios, pero 1.4 millones murieron. Ser formal en México se volvió un lujo: aumentos del salario mínimo, Vacaciones Dignas, reforma de pensiones y reducción progresiva de la jornada laboral a 40 horas hacia 2030. Un trabajador de salario mínimo cuesta entre $13,500 y $14,500 mensuales al sumar cuotas y cargas sociales. La formalidad se paga muy caro y, en demasiados casos, la única salida es la simulación: contratos por honorarios, sueldos subdeclarados ante el IMSS y pagos en efectivo que borran de un plumazo derechos y antigüedad.
En una economía casi estancada, muchas pequeñas empresas dejarán de contratar. Los nuevos trabajadores, sobre todo los jóvenes, encontrarán la puerta de la formalidad cerrada. El salario sube, pero la informalidad también. Y detrás del optimismo oficial, el empleo estable se vuelve un privilegio reservado a unos cuantos, mientras el resto sobrevive en un país que premia la resistencia más que la productividad y castiga a quien intenta cumplir todas las reglas.
El gobierno celebra aumentos históricos en el papel. En la calle, lo que se viene es una informalidad también histórica.
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