“Por qué no votaré por AMLO” fue el título de mi columna del viernes 4 de mayo de 2018 en donde escribí, entre otras cosas, lo siguiente:
“No votaré por él porque no estoy de acuerdo con gran parte de las políticas que anuncia. No creo en la viabilidad de los programas que nos ofrece. No estoy convencido de que sea un verdadero demócrata (…) Muchas de sus propuestas no pueden financiarse sin endeudar más al país o sin cobrarle más impuestos a quienes ya los pagan (…) No estoy muy convencido de su vocación democrática porque en el partido MORENA solamente una persona, que es él, toma las decisiones importantes (…) porque durante su gestión como Jefe de gobierno del DF gobernó mediante bandos y edictos, despreció la ley al ignorar mandatos judiciales y optó por no aplicar leyes aprobadas por el Congreso o la ALDF (…) porque no estoy de acuerdo en que les otorgue una amnistía y un perdón a criminales que, según él, delinquieron porque son pobres, porque en el país la mayoría de los pobres no son delincuentes”.
Inicié mi columna afirmando que “es el político más brillante que hay hoy en México y lo ha sido durante los últimos 20 años. La mejor prueba de ello es que está muy cerca de ganar la elección del 1 de julio entrante”, y la concluí así: “No es nada personal. Que quede claro: yo no siento ni amor ni odio hacia Andrés López Obrador. En verdad lo admiro mucho, pero mi admiración no se va a traducir en un voto a su favor”.
El 2 de julio de 2018 escribí en mi columna que de él esperaba:
“1. Que su primer mensaje como presidente electo llame a la unidad nacional y a dejar atrás el encono y la polarización.
“2. Que respete los derechos humanos que reconoce y confiere la Constitución.
“3. Que se rodee de personas de demostrada capacidad y honestidad que antes de serle leales a él lo sean a la Nación.
“4, Que se olvide del borrón y cuenta nueva que ha caracterizado la llegada al poder de cada presidente.
Un día después, el 3 de julio escribí que “No me duele que hayan perdido José Antonio Meade y Ricardo Anaya (…) pero tampoco me alegra que haya ganado AMLO porque creo que él no podrá trasformar para bien al país en solo seis años, como lo ha prometido. Ojalá me equivoque y el tiempo se encargue de probar que mis desconfianza fue infundada. Por el bien de todos, ojalá que resulte ser el mejor presidente de nuestra historia, como aspira serlo (…) Apoyaré y defenderé lo que a mi juicio sean sus aciertos y criticaré y me opondré a los que crea son sus equívocos”.
Decidí darle el beneficio de la duda durante su primer año de gobierno, reduje la intensidad de mis críticas y sus detractores me calificaron de vendido. Al concluir ese periodo me volví más crítico y ahora sus seguidores me califican de la misma manera.
Por defender lo que creo que son sus aciertos me califican de chairo y chayotero; por señalar lo que considero que son sus errores me califican de neoliberal y, también, de chayotero. Los vulgares que hay en ambos bandos constantemente le mandan saludos a mi mamá y me califican de ser más que estúpido. Es imposible complacer a todos.
¡Qué bueno que no participo en un concurso de popularidad!
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