“No fue una sorpresa, ya lo sabíamos.” Con esa frase, el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, intentó convertir un revés en un evento previsto. Su comparecencia en la Mañanera de ayer fue un clásico ejercicio de control de daños al presentar la decisión de Estados Unidos de no renovar el T-MEC por 16 años, hasta 2042, como un escenario esperado y sin riesgos.
Detrás de su optimismo se esconde una contradicción. Su argumento sostiene que el mercado ya había descontado la revisión anual y que nadie debe ponerse nervioso, pero confunde anticipar un riesgo con anular sus efectos.
El mercado puede prever una tormenta y eso no evita que el terreno se inunde.
Las inversiones de capital intensivo, como en las plantas automotrices, infraestructura energética o centros tecnológicos, no se deciden por trimestres. Requieren horizontes de al menos una década para amortizar costos y calcular retornos. Al arrebatarle al tratado su vigencia garantizada de largo plazo, se le quita el ancla que daba estabilidad a la Inversión Extranjera Directa. Ante la duda, el dinero se congela o busca destinos más seguros.
Aún más grave es la pretensión de normalizar las revisiones anuales bajo la premisa de que el incentivo, año con año, es llegar a un acuerdo. La asimetría bilateral dicta lo contrario. Forzar a México y Canadá a sentarse a la mesa cada 12 meses no busca cooperación eficiente, sino institucionalizar la incertidumbre como mecanismo de presión permanente.
Bajo ese esquema, el motor exportador mexicano queda condicionado. Cada año, EEUU podrá obtener nuevas ventajas bajo la amenaza de no firmar la extensión.
Basta confrontar a Ebrard con su propio discurso. Hace semanas afirmaba que si Donald Trump no quisiera renovar, ya lo habría dicho. Hoy, consumado el golpe, jura que era algo totalmente previsto. A principios de año vendía una revisión ordenada de seis meses que cerraría el 1 de julio de 2026. Vencido el plazo, el trámite rápido se disfrazó de diálogo constante, de revisión cada año hasta que se resuelva. Su optimismo triunfalista mutó en puro control de daños.
El relato choca de frente con el America First de Trump. Ebrard asegura que la salida al déficit comercial de EEUU es fabricar piezas norteamericanas que sustituyan a las asiáticas. Pero Trump exige lo contrario: un piso de 50% de componentes automotrices hechos en suelo estadounidense y un contenido regional de 82%. Entre lo norteamericano y lo estadounidense hay un abismo que revela que Trump abandonó la lógica trilateral. No busca relocalización (nearshoring) para la manufactura mexicana sino repatriar esa producción a EEUU (reshoring) para rescatar su propio empleo industrial, aunque rompa las cadenas de suministro integradas.
Someter el comercio de una nación a un examen aprobatorio cada 365 días ante un gobierno proteccionista no es un escenario bajo control, es un desmantelamiento de nuestra industria, una condena a la maquila básica. La certidumbre no es un lujo accesorio en un tratado de libre comercio, es su columna vertebral. Al vender el fracaso de la prórroga como normalidad institucional, el gobierno no está administrando un éxito sino las condiciones de una incertidumbre perpetua que pagará la planta productiva del país.
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