En noviembre de 1918, al finalizar la Primera Guerra Mundial, se fundó la República de Polonia con el apoyo de las potencias aliadas vencedoras (Imperio Británico, Francia, Italia, Estados Unidos y Japón). Así, se restableció el estado polaco que dejó de existir en 1795 cuando Austria, Prusia y Rusia se repartieron lo que quedaba del reino mancomunado de Polonia-Lituania.
Menos de un año después, el 10 de septiembre de 1919, se firmó el Tratado de Saint-Germain-en-Laye, mediante el cual las potencias aliadas vencedoras desmembraron el antiguo imperio austro-húngaro. El tratado reconoció la independencia de Hungría y creó a Checoslovaquia y Yugoslavia. La primera se conformó con las regiones de Bohemia y Moravia y el sur de Silesia, que habían sido parte de Austria, y Eslovaquia, que había pertenecido a Hungría. La segunda se integró con Bosnia, Dalmacia, Eslovenia y Herzegovina, que fueron austriacas, y Croacia y Voivodina, que fueron parte de Hungría.
El mismo tratado traspasó a Italia los territorios austriacos de Trentino, el Tirol del Sur, Trieste, Istría, varias islas y puertos de Dalmacia y el Friuli. Polonia recibió la provincia austriaca de Galitzia (que estaba habitada por ucranianos) mientras que Hungría le cedió Transilvania, parte del Banato y la provincia de Bucovina a Rumania, y a Austria la región del Burgenland.
Es evidente que el Tratado de Saint-Germain-en-Laye contribuyó a generar múltiples problemas y conflictos, entre ellos la Segunda Guerra Mundial, la creación del bloque soviético que dominó a Europa Oriental de 1945 a 1989, y los movimientos y guerras civiles que reconformaron a Europa Oriental después de la desaparición de la Unión Soviética en 1989.
Yugoslavia empezó a dejar de existir en 1991 cuando Eslovenia y Croacia declararon su independencia. Un año después hicieron lo mismo Macedonia y Bosnia-Herzegovina y finalmente se crearon los estados de Serbia y Montenegro.
Checoslovaquia se disolvió en 1992 al separarse las dos regiones que le dieron origen y crearse la República Checa y Eslovaquia.
Complicado, ¿verdad? Y más complicado resulta ser conforme uno se remonta al pasado de esta parte de Europa, cuyos habitantes un día pertenecían a un reino y un día a otro según los poderosos de cada época decidieran repartírsela, ya sea por medios pacíficos o violentos.
El conflicto que hoy vemos en Ucrania tiene orígenes similares. Su historia es parecida a la de otros países de Europa Oriental. Después de siglos en que los ucranianos no pudieron o supieron conformar un estado nacional, acabaron perteneciendo a los imperios Austriaco y Ruso. Por fin, en 1919, Ucranio nació como un estado independiente para acabar siendo incorporado a la Unión Soviética en 1921.
Historias complicadas resultan en realidades complicadas. Historia es destino.
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