Las cosas ya se veían difíciles antes de que terminara el gobierno de AMLO, pero desde la elección de Trump en noviembre de 2024 y su regreso a la Casa Blanca el 20 de enero pasado, el panorama se ha vuelto aún más sombrío. No solo México enfrenta un mínimo crecimiento del PIB y una crisis del empleo formal, sino que arrastra una bomba de tiempo fiscal dejada por la administración anterior. Además, la agresiva política comercial de Trump ha añadido una nueva capa de incertidumbre y presión económica sobre el país.
Durante el sexenio pasado, el gasto público se disparó, pero 2024 fue el año más irresponsable. Para asegurar la victoria de Morena, AMLO derrochó recursos en programas sociales, obras faraónicas y subsidios insostenibles. La refinería de Dos Bocas, el Tren Maya, el AIFA y Mexicana de Aviación costaron miles de millones de dólares sin que hasta ahora hayan generado los beneficios prometidos, mientras que el gasto en pensiones y transferencias directas aumentó con una débil estrategia de financiamiento a largo plazo. El gobierno pasado prometió ‘austeridad republicana’, pero terminó con un déficit fiscal histórico del 5.9% del PIB, el más alto en más de 30 años, Si eso es austeridad, ¿qué significa derroche? Lo anterior obligó al gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum a elaborar su presupuesto para 2025, buscando reducir el déficit fiscal al 3.9% del PIB.
Hoy, no hay margen de maniobra. México recauda apenas el 16% del PIB en impuestos, una de las tasas más bajas de América Latina.
A esto se suma la nueva embestida de Trump. El 1 de febrero impuso un arancel del 25% a todas las exportaciones mexicanas, actualmente en pausa por 30 días mientras el gobierno de México le demuestra que está actuando contra el tráfico de drogas y personas. Como si fuera poco, al empezar esta semana decretó aranceles específicos del 25% al acero y aluminio provenientes de México (y del resto del mundo), afectando gravemente a una de las industrias clave para ambos países.
El empleo formal también está en crisis. La mayoría de los nuevos trabajos son informales, lo que significa menos seguridad social, menos aportaciones fiscales y mayor precariedad. Desde antes del cambio de gobierno, las empresas ya reducían inversiones por la incertidumbre económica, pero ahora, con estos aranceles, la situación se ha agravado. La industria automotriz, la manufactura y el sector agroalimentario están en la mira de Trump, aumentando la presión sobre México.
El panorama es muy preocupante. Sin crecimiento, sin generación de empleos formales y con una posible crisis fiscal en puerta, México enfrenta un futuro complicado. Las reformas estructurales son urgentes, pero políticamente costosas. Se necesita una reforma fiscal realista que amplíe la base tributaria sin asfixiar la inversión y un programa de reactivación económica basado en incentivos productivos, no en gasto populista.
El tiempo se agota. Sin decisiones firmes, México podría quedar atrapado en un ciclo de bajo crecimiento y alta vulnerabilidad externa, una receta perfecta para el estancamiento. La pregunta es si el gobierno enfrentará, más temprano que tarde, la realidad con acciones firmes o si seguirá confiando en que las circunstancias jugarán a su favor.
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