Creo que ningún gobernante del México contemporáneo ha sido tan cuestionado y criticado por sus detractores como ahora lo está siendo el presidente Andrés Manuel López Obrador.
Desde que ganó la elección presidencial del 1 de julio pasado sus detractores se manifiestan en contra de casi todo lo que dice y hace. Si da conferencias de prensa diariamente está mal. Si viaja en un avión comercial está mal. Si decretó que Los Pinos dejara de ser la residencia oficial de los presidentes y sus puertas se abrieran al público está mal. Si se deshizo del avión presidencial para venderlo está mal. Si no habla de corridito está mal. Si hace consultas populares está mal. Si cancela las obras de lo que iba a ser el Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México está mal. Si decide construir el Tren maya está mal. Si decide crear la Guardia Nacional está mal. Si sus diputados hacen lo que les pide está mal. Si le baja los altos sueldos de la alta burocracia está mal. Si dedica miles de millones del presupuesto federal a programas para apoyar a adultos mayores, discapacitados, madres solteras y jóvenes que no estudian y trabajan está mal. Si usa adjetivos como fifí o conservador para calificar a sus críticos y adversarios está mal. Si dice una cosa un día y otra cosa otro día está mal. Si acepta que no cumplirá algunas de sus promesas de campaña está mal y si las cumple también está mal. Y así, ad infinitum, todo lo que hace y dice el presidente esta mal.
Del otro lado de la moneda están los que ven al presidente como el individuo bajo cuyo liderazgo México por fin resolverá todos sus problemas; que durante su gobierno se acabarán gran parte de la corrupción, la injusticia, la pobreza, la ignorancia, la violencia y la criminalidad que desde siempre, a veces en mayor y a veces en menor medida, han sido parte de la vida de los mexicanos. Para ellos Andrés Manuel es incapaz de equivocarse y, que cuando lo hace, rectifica tan pronto se da cuenta de su error; es un hombre bueno y honesto que con su ejemplo hará que todos quieran ser como él; es un ser humano extraordinario que solo busca el bienestar de todos, empezando por el de los pobres. Sus defensores son más que eso, son sus apologistas y muchos de ellos, con tal de defender sus ideas, palabras y acciones son capaces de actuar con violencia olvidándose del mensaje de amor y paz que pregona su líder.
La realidad es que tanto los críticos a ultranza del presidente como sus apologistas más furibundos están equivocados porque él es, a fin de cuentas, un ser humano como cualquier otro, si bien un político brillante que llegó al cargo más importante del país gracias a su tenacidad y capacidad organizativa y porque entendió lo que quieren más de la mitad de los mexicanos.
El país está muy divido y todos debemos tratar de ser lo menos subjetivos posible cuando analizamos al presidente de México y su gobierno para así no contribuir a dividir más al país; no debemos ser críticos inexorables ni apologistas irracionales. Debemos tender, hasta donde nos sea posible, al justo medio, por más difícil que nos resulte.
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