Él tenía 50 años, manejaba un taxi y nunca dejó de trabajar porque, si lo hacía, no habría dinero para poner alimentos sobre la mesa y cubrir los gastos de su familia, integrada por él, su mujer, tres hijos y su suegra.
Alguno de sus pasajeros le transmitió el coronavirus SARS-CoV-2, él luego contagió a su esposa y ella a su mamá. Los tres enfermaron gravemente y fueron internados en el Hospital Juárez de la Ciudad de México.
Él falleció el sábado, poco antes de la medianoche, su esposa y suegra en la mañana del domingo. En un solo fin de semana tres adolescentes perdieron a sus padres y a su abuela materna.
Me dice una sobrina del difunto, una ejecutiva de una importante empresa a quien conozco desde hace varios años, que ninguno de ellos pudo ser intubado porque, según le informaron en el hospital, no había ventiladores disponibles en vista de que aún “no les entregaban los que llegaron de China”.
Total, que en el principal hospital de la Secretaría de Salud no había suficientes ventiladores que puedan salvar la vida de un enfermo grave de COVID-19.
De haberlos tenido, estas tres personas tal vez hubieran podido ser salvadas y tres muchachos no estarían enfrentando hoy una tragedia y mañana un incierto porvenir.
Que el sistema de salud de México no contara con el número necesario de respiradores no debe sorprender a nadie. La mayoría de los países estaban en la misma situación porque casi todos los gobiernos nacionales ignoraron a los científicos y expertos de renombre internacional que desde hace años venían advirtiendo que era inminente que ocurriera una pandemia viral catastrófica, igual que siguen ignorando que el cambio climático que estamos experimentando en todo el planeta causará mayores desastres que el que hoy nos toca vivir.
En mi programa de radio y TV y en esta columna advertí varias veces que el sistema de salud se colapsó desde hace varias décadas y que por más que lo intentara, el actual gobierno no podría hacerlo eficaz en unos cuantos meses.
Hasta ayer el COVID-19 había matado a 5666 personas, según las cuentas aparentemente alegres del subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud Hugo López-Gatell.
AMLO dijo ayer en su conferencia de prensa que gracias al esfuerzo de su gobierno “hay camas disponibles para atender enfermos, en general 61 % en el país, y en el caso de terapia intensiva 68 %; desde luego, en la Ciudad de México es más la ocupación, pero nadie se queda sin ser atendido”.
Que les diga “que nadie se queda sin ser atendido” a los tres adolescentes que el pasado fin de semana quedaron huérfanos. Porque, efectivamente, sus padres y abuela fueron atendidos, pero mal, y ahora están muertos.
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