Ninguna estrategia para combatir exitosamente a los cárteles del narcotráfico ha funcionado. El gobierno federal ha atrapado o dado muerte a muchos jefes de estas organizaciones criminales pero las drogas, tanto las hechas en México como las que pasan por nuestro país provenientes de Sudamérica, siguen siendo exportadas sin mayor problema a Estados Unidos, el principal consumidor mundial de estos productos, y a otros países.
Muchos hemos insistido, desde hace décadas, que mientras haya un mercado que demande un producto o servicio no habrá poder alguno que pueda evitar que haya quienes estén dispuestos a satisfacer las necesidades de dicho mercado. Ocurrió durante los años de la Prohibición en Estados Unidos, época en que el alcohol siguió llegando a las copas y vasos de los estadounidenses; ocurrió durante los años en que estaba prohibida la importación de televisores a México, período en que una Sony Trinitron podría comprarse sin mayor problema de alguno de los muchísimos fayuqueros que se encargaban de traer los aparatos de Estados Unidos.
El mercado manda es una máxima que parecen haber olvidado los gobernantes de todo el mundo, incluyendo a aquellos que promueven el libre comercio entre las naciones y defienden las virtudes del marcado.
Los gobernantes de nuestro país, seguramente presionados por sus similares estadounidenses, llevan años despilfarrando inmensos recursos humanos, económicos y materiales para combatir a las bandas de narcotraficantes que se reproducen como conejos en diversas regiones del país. Los resultados de dicha guerra nunca declarada formalmente están a la vista: decenas de miles de muertos y desaparecidos, corrupción extendida entre políticos, funcionarios, militares y policías, incremento en el consumo de las diferentes drogas disponibles en el mercado, tanto legales como ilegales.
Los 43 jóvenes que estaban inscritos en la normal rural de Ayotzinapa y que sin duda fueron secuestrados y asesinados por el narco en septiembre de 2014, son las víctimas más célebres del fracaso combate contra la producción, tráfico y consumo de drogas. Todo parece indicar que la normal estaba infiltrada por una o más organizaciones criminales y que entre los 43 probablemente había algunos que pertenecían a alguna de ellas.
¿Cuántos muertos y desaparecidos más deberán registrarse en las estadísticas antes de que se acepte que deben legalizarse todas las drogas para su consumo medicinal y recreativo? ¿Cuántos más de los cada vez más escasos recursos públicos deberán despilfarrarse persiguiendo objetivos inalcanzables, como son la eliminación de los narcotraficantes y el fin del consumo de las drogas?
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