“No lo he leído, ni lo voy a leer”. La presidenta Claudia Sheinbaum zanjó así el tema del libro escrito por un político lopezobradorista antes poderoso y hoy desprestigiado. Y añadió lo único que debe importar en un país donde la acusación es deporte: que, si alguien tiene pruebas, que las presente. Lo demás es chisme con pasta dura y una casa editorial elegante.
Su reacción tiene lógica. En México, desde que José López Portillo publicó “Mis tiempos” (1988) y rompió un pacto de silencio de la clase política, los libros escritos por políticos dejaron de ser “memorias” para convertirse en herramientas: unos se han escrito para justificarse, otros para cobrarse cuentas y otros —los más— para reescribir la historia a su conveniencia.
Los presidentes han escrito para defender sus gestiones. Miguel de la Madrid intentó explicar su sexenio en “Cambio de rumbo”. Carlos Salinas se dedicó a construir su versión y repartir culpas en 1000 aburridas páginas. Calderón justificó, sin convencer, su fallida guerra. López Obrador escribió antes y durante su gobierno. Este género casi siempre termina en autoelogio y, por eso, cansa rápido y queda aún más rápido en el olvido.
Los que generan ruido son los que escriben exconsejeros, exoperadores, excolaboradores, exesposas y exparejas sentimentales. Presumen conocer el pasillo más íntimo del poder y venden la idea de que por fin se sabrá “la verdad”… aunque casi nunca la entregan. Ahí entran los relatos de campañas, los movimientos monetarios y los pleitos personales.
Pero la realidad es que estos libros no impactan por sus ventas. Impactan por el eco que generan en medios y redes sociales y ese eco dura poco. En la era de la noticia instantánea y fugaz, el “escándalo” vive lo que tarda en aparecer el siguiente. En un país de alrededor de 130 millones de habitantes, aun los títulos “muy vendidos” apenas alcanzan decenas de miles de ejemplares. Eso no es lectura masiva; es de nicho. Lo masivo es el pleito: la entrevista, la filtración, el capítulo “revelador” convertido en nota. Además, exhiben quién se alinea, quién se deslinda y quién aprovecha para ajustar cuentas. Y hay un efecto colateral: alimentan la desconfianza hacia una clase política ya de por sí desprestigiada. Si el autor fue protagonista o cómplice —por acción u omisión— de lo que hoy denuncia, también pierde credibilidad. Exhibe a otros, sí, pero también se exhibe.
Por eso, la postura de la presidenta es sensata: evita legitimar una dinámica conocida. Se publica un libro, se arma el escándalo, se lanzan insinuaciones, se exige respuesta y, al final, casi nunca pasa nada porque casi nunca hay pruebas. El país termina discutiendo chismes sin sustento, no hechos comprobados. Si hay acusaciones concretas, que se formalicen y se acrediten; si no, que se queden donde pertenecen, en el territorio de la especulación.
En ese sentido, Claudia Sheinbaum tiene razón: no hay por qué otorgarle centralidad a un texto que solo sirve para alimentar el ruido. México no necesita más capítulos de la literatura del poder. Necesita hechos, datos, resultados y —cuando corresponda— denuncias sustentadas. Lo demás, por muy encuadernado que esté, es política de chisme que dura lo que dura el siguiente escándalo.
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