El 11 de septiembre de 2016, al retirarse de la ceremonia realizada en la ciudad de Nueva York para recordar los ataques terroristas ocurridos 15 años antes contra las torres gemelas del World Trade Center, la candidata demócrata a la presidencia estadounidense, Hillary Clinton, sufrió un desvanecimiento y no cayó al suelo gracias a la intervención de quienes caminaban junto a ella. La escena, captada en video, fue ampliamente difundida. Se anunció que padecía de una neumonía leve y, cuatro días después, la mujer que entonces tenía 69 años regresó a sus actividades de campaña.
Donald Trump, que tres meses antes había cumplido 70 años, aprovechó muy bien el video en donde se ve a su rival a punto de caerse. Él y sus aliados convirtieron la salud de Clinton en un nuevo tema de campaña.
En un discurso, refiriéndose al desmayo de su rival, Trump dijo: “Es una mujer que debería luchar por muchas cosas pero no puede siquiera con los cuatro metros para llegar a su auto… Ella está en casa descansando ahora mismo. Se está preparando para su próximo discurso, que pronunciará en dos o tres días y que durará unos 15 minutos… Amigos, necesitamos energía, necesitamos energía, necesitamos gente que vaya a cambiar las cosas”.
Durante las siguientes semanas el republicano, sus voceros y aliados en los medios de comunicación crearon la percepción de que Clinton carecía del vigor físico para aguantar las exigencias de la presidencia estadounidense.
Escribo sobre lo ocurrido a Clinton porque hace unos días, al estar pronunciando un discurso, el candidato presidencial de Juntos Haremos Historia, Andrés Manuel López Obrador, sufrió un desvanecimiento y no se fue al suelo porque de inmediato fue abrazado por una mujer que estaba junto a él. Después de una breve interrupción de 50 segundos, en los que bebió agua y se recuperó, siguió hablando como si nada hubiera ocurrido.
Pero ese incidente ocurrió y, curiosamente, pocos lo comentaron pese a que debe tomarse como una advertencia sobre la salud de un individuo que de ganar la elección del 1 de julio, llegaría a la presidencia 18 días después de cumplir 65 años, el de mayor edad desde que Juan Álvarez llegó al cargo en octubre de 1855, cuando tenía 65 años con nueve meses.
AMLO no solo sería el segundo más viejo en ocupar el cargo. Que se sepa, también sería el primero en ser presidente después de sufrir uno o dos infartos cardiacos y padecer hipertensión arterial.
Lo ocurrido a AMLO debe hacernos pensar que, sin importar quien gane la elección, México no puede darse el lujo de tener un presidente que quede incapacitado o muera en el cargo. Por ello, todos los candidatos deberían presentar un certificado de buena salud expedido por un grupo de médicos de reconocido prestigio.
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