Los gobiernos de Estados Unidos y México festejan el arresto de Ismael “El Mayo” Zambada, de 76 años, y de Joaquín Guzmán López, de 38, dos importantes líderes del Cártel de Sinaloa. El primero fundó esta organización criminal en 1987 junto con Joaquín “El Chapo” Guzmán, hoy preso de por vida en EEUU y padre del segundo y de Ovidio Guzmán, también preso en ese país. El narcojunior aparentemente concertó un acuerdo con las autoridades estadounidenses, secuestró a Zambada y lo subió al avión que el jueves despegó de Hermosillo y aterrizó en Santa Teresa, Nuevo México, suburbio de El Paso, Texas.
Lamentablemente, la salida de escena de estos dos criminales en nada contribuirá a reducir el tráfico de drogas hacia EEUU ni la violencia que desde 2000 ha costado unas 503,000 vidas en México.
Los gobernantes de ambos países decidieron hace décadas descabezar a las organizaciones criminales capturando o matando a sus líderes y hasta ahora el resultado ha sido un rotundo fracaso. Desde 2000, muchos narcos de alto perfil han sido arrestados o muertos. De una lista de los 35 más importantes, 28 fueron encarcelados y siete murieron. Personajes como “El Chapo” Guzmán, “La Barbie” y “Z-40” pasaron de ser temidos criminales a prisioneros, mientras que “El Barbas” Beltrán Leyva, “Tony Tormenta” y “Nacho” Coronel hoy yacen en un cementerio.
Pese a ello, el crimen organizado se ha fortalecido y diversificado y cada vez que cae uno de sus líderes surge otro con asombrosa rapidez, la violencia se intensifica y nuevos grupos criminales emergen de las cenizas de los anteriores.
La estrategia seguida por los gobiernos de México y EEUU no solo ha fracasado en reducir el tráfico de drogas, sino que ha tenido consecuencias nefastas. La fragmentación de algunos de los grandes cárteles creó grupos más pequeños dispuestos a todo por controlar territorios y rutas. El resultado: una espiral de violencia que no termina.
Mientras tanto, los narcos diversifican sus negocios, incursionan en el cibercrimen, utilizan criptomonedas y desarrollan métodos cada vez más sofisticados de lavado de dinero y tráfico de drogas, armas y personas. La guerra contra las drogas se libra ahora en el ciberespacio y con drones, muy lejos de las calles y los decomisos mediáticos. Además, los cárteles más importantes apadrinan y protegen a bandas especializadas en otros delitos como la extorsión, el robo de combustibles, la falsificación de medicamentos o la tala de bosques.
Las cifras no mienten. Las ganancias de los cárteles mexicanos se han disparado, oscilando entre los 19 y 29 mil millones de dólares anuales en los últimos años. Un negocio fabuloso que se nutre de la insaciable demanda de drogas en EEUU y el resto del mundo.
Es hora de reconocer que la estrategia actual es un callejón sin salida. Se requiere de un cambio de paradigma que aborde las causas profundas del narcotráfico: la pobreza, la falta de oportunidades y la corrupción endémica. También hay que repensar las políticas de drogas a nivel global, considerando alternativas a la simple prohibición y penalización. De lo contrario, quienes estén vivos dentro de otros 24 años se lamentarán de lo mismo que hoy ocurre.
La captura de capos genera titulares, pero no soluciones.
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