El martes pasado, Donald Trump lanzó un ultimátum al decir: “ni siquiera pienso en el T-MEC… no necesitamos sus productos”. Fue un aviso más, de cara a la revisión del tratado, y una apuesta política: prometer autosuficiencia, aunque el costo de la ruptura lo paguen los consumidores de Estados Unidos.
La premisa de que EEUU puede prescindir de México ignora que la coproducción sostiene a la región. Trump sabe que la autosuficiencia, en lo esencial, no existe. Estudios del National Bureau of Economic Research (NBER) estiman que por cada dólar que México exporta a EEUU, 40 centavos corresponden a insumos procedentes de ese país. En sectores clave, los componentes y subensambles cruzan la frontera hasta ocho veces antes de convertirse en producto final. Romper esa logística afectaría gravemente al sector industrial.
En 2024, México exportó a EEUU 505 mil millones de dólares. La mayor parte fueron coches, camiones y autopartes. Alrededor del 41% de las autopartes que EEUU importa son mexicanas; cortar ese flujo no solo castigaría a México sino que detendría las líneas de producción en Detroit en 72 horas, encarecería inventarios y elevaría precios. Algo similar ocurre con computadoras, electrónica, maquinaria eléctrica y dispositivos médicos: insumos que abastecen la manufactura, los hospitales y los servicios.
La comida también cuenta. Cerca del 50% de los vegetales frescos consumidos en invierno en EEUU y 88% del aguacate llegan de México. Esto no significa que no puedan sustituirse, pero hacerlo rápidamente se traduciría en una menor oferta y más inflación.
El trasfondo explica las palabras de Trump. Para él, el T-MEC debe ser un muro de contención frente a China. EEUU no quiere que México sea puerta trasera para capitales, productos o acero chino que se aprovechen de reglas de origen laxas. Por eso, exige comprobar el fundido y el vertido del acero y del aluminio mexicanos. Por eso presionó hasta lograr que, en diciembre pasado, el gobierno mexicano impusiera aranceles de hasta 50% a más de 1,400 productos de países sin tratado, entre ellos China, y, por ello, se frenaron inversiones como las de BYD en México.
Cuando se pregunta qué podría dejar de importarse sin colapsar a la economía de EEUU, la lista de productos mexicanos se achica. La cerveza y el tequila no son una necesidad industrial. Muebles, textiles, plásticos y manufacturas simples pueden reubicarse, aunque con inflación y en tiempos. Pero tocar lo integrado —vehículos, autopartes, arneses, electrónica, equipo médico y alimentos frescos— es meterse con la producción y el bolsillo de los consumidores estadounidenses.
El T-MEC señala que si uno de los tres países no confirma su continuidad, este entra en revisión anual y la incertidumbre se vuelve permanente. Trump busca, aparentando desinterés, arrancar concesiones mexicanas en materia de migración, seguridad y el cerco a China. Él sabe muy bien que producir en EEUU elevaría precios entre 15% y 25%. La autosuficiencia, en el mundo real, cuesta y mucho. Trump también lo sabe y, aun así, presiona a México: su juego es evidente y la presidenta Claudia Sheinbaum y su equipo ya se preparan para encararlo.
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