El Indicador Oportuno de la Actividad Económica del INEGI, publicado ayer, confirmó lo que ya se sabía: México cerró 2025 con un crecimiento del 2.3%, suficiente para evitar la recesión técnica, pero insuficiente para generar empleo de calidad o reducir la pobreza. El dato es aún más decepcionante si se compara con el 1.2% de crecimiento del ingreso per cápita en 2025 (según el reporte del Coneval de diciembre de 2025), que dejó a más del 40% de la población en vulnerabilidad. Aunque el INEGI reportó que la clase media pasó del 39.2% al 41.5% entre 2023 y 2025, este crecimiento no se ha traducido en mejoras tangibles para la mayoría, que sigue sin acceso a servicios básicos ni a seguridad.
El desafío principal no es solo el 1.3% de crecimiento proyectado para 2026, sino cómo se genera ese crecimiento. México sigue dependiendo en un 84% de sus exportaciones hacia Estados Unidos y de las remesas, que en 2025 superaron los 60,000 millones de dólares, pero que ya muestran signos de desaceleración debido a las acciones contra los migrantes mexicanos en Estados Unidos. La inversión privada brilla por su ausencia, ahuyentada por la inseguridad crónica en casi todo el país, la corrupción y la incertidumbre judicial y regulatoria. El gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum se comprometió a elevar la inversión pública al 25% del PIB este año, pero la inflación podría erosionar sus beneficios.
El Índice Nacional de Precios al Consumidor, también difundido ayer por el INEGI, es contundente: la inflación general llegó al 3.77% en la primera quincena de enero, pero la subyacente se disparó al 4.47%, lo que refleja fallas estructurales. La proteína animal subió un 6.8% interanual, y comer en fondas, loncherías o restaurantes es hoy un 5.3% más caro que en 2025. Aunque el gobierno intenta contener los precios de la gasolina y la electricidad, los agropecuarios (1.39%) y energéticos (1.47%) ya llevan dos semanas al alza.
El Banco de México enfrenta un dilema: si sube tasas, detiene el crecimiento; si las mantiene, la inflación se acelera. Si el peso se deprecia, los productos importados se encarecerán.
2026 no será un año de crisis, pero tampoco de bonanza. El 1.3% de crecimiento es posible si la inflación no se descontrola. La pregunta clave es si el gobierno podrá equilibrar tres frentes: 1. Controlar la inflación sin frenar la economía y realizar una reforma fiscal progresiva que grave a quienes más tienen y alivie a las clases media y baja, además de eliminar oligopolios en sectores clave como los de alimentos y telecomunicaciones; 2. Atraer inversión sin ceder a presiones externas, diversificar socios comerciales e invertir en educación técnica para reducir la dependencia de la manufactura estadounidense; y 3. Reducir la inseguridad con el Estado de derecho, adoptar estrategias integrales contra la impunidad y seguir atacando, y con mayor vigor, las causas estructurales de la violencia, como la pobreza extrema.
Sin cambios estructurales, México seguirá atrapado en este círculo vicioso: bajo crecimiento, alta inflación y frustración social. Las políticas necesarias son conocidas, ahora hay que implementarlas.
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