La muerte del Papa Francisco marca el fin de una era. No solo fue el primer pontífice latinoamericano, jesuita y no europeo en más de mil años, sino que encarnó un intento —a veces frustrado, otras veces exitoso— de reformar a fondo una institución que parecía inamovible. Su pontificado, iniciado en 2013, fue un desafío a la lógica de los privilegios, la rigidez doctrinal y el clericalismo. Fue un Papa incómodo. Para muchos, indispensable. Para otros, peligroso.
Durante casi 12 años predicó con el ejemplo: renunció a los palacios, vivió en la austera Casa Santa Marta y viajó a las periferias del mundo. Impulsó una Iglesia más interesada en las heridas del mundo que en su propia pureza. Recibió a migrantes, lavó los pies de presos, bendijo a parejas en situaciones irregulares y defendió a los pueblos indígenas, a los divorciados vueltos a casar, a los pobres y a las personas LGBT+. Por eso lo acusaron de populista y relativista.
Pero más allá del ruido, Francisco logró mucho. Reformó la Curia, promovió la transparencia financiera y creó nuevas estructuras contra los abusos sexuales. Permitió la bendición de parejas del mismo sexo con la declaración Fiducia Supplicans y publicó encíclicas de gran impacto, como Laudato Si’, en la que condenó el modelo económico neoliberal que devasta el planeta. Siempre privilegió la misericordia sobre la norma, el perdón sobre la condena, la inclusión sobre el juicio.
No fue un líder perfecto. En varios escándalos actuó con lentitud. Su promesa de abrir la Iglesia a las mujeres quedó corta. Y su visión descentralizadora enfrentó fuertes resistencias. Pero aun con esas limitaciones, Francisco cambió la conversación. Puso temas como el medio ambiente, la pobreza estructural y la inclusión sexual en el centro del debate eclesial. Empujó a la Iglesia hacia el siglo XXI. Y lo hizo sabiendo que cada paso generaba resistencias dentro y fuera de Roma.
Rechazó la pompa del poder, incluso en la muerte. Su decisión de ser sepultado fuera del Vaticano —en la Basílica de Santa María la Mayor— fue coherente con su vida, su profunda devoción mariana, su rechazo al boato vaticano y su deseo de morir, como vivió, cerca del pueblo y lejos del poder. Su legado queda abierto. No solo en sus reformas, sino en la batalla que viene. El próximo cónclave decidirá si continúa la apertura o se regresa al pasado.
Entre la veintena de cardenales más mencionados como posibles sucesores están Pietro Parolin (Italia), secretario de Estado del Vaticano, y Matteo Zuppi (Italia), presidente de la Conferencia Episcopal, ambos cercanos a Francisco pero con mayor experiencia de gobierno. Si se mantiene el impulso desde el Sur Global, podrían destacar Luis Antonio Tagle (Filipinas), prefecto para la Evangelización, o Fridolin Ambongo Besungu (Congo), arzobispo de Kinshasa. Para una línea más europea y moderadamente reformista suenan Jean-Claude Hollerich (Luxemburgo) y Péter Erdő (Hungría). Pero, como dice el viejo adagio: quien entra a un cónclave como papa, sale siendo cardenal.
Francisco incomodó a los conservadores, a los hipócritas y a los indiferentes. A quienes creen que el poder y la tradición valen más que la compasión. Y esa puede ser, al final, su mayor virtud.
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