El Senado de la República volvió a ser noticia, pero no por sus debates. El miércoles, el priista Alejandro “Alito” Moreno y el neomorenista Gerardo Fernández Noroña protagonizaron una trifulca vergonzosa. Con el Himno Nacional de fondo, se lanzaron manotazos, empujones, amenazas y mentadas de madre, como si la política mexicana se redujera a una riña de barrio.
Lo más triste es que se trató de dos impresentables. Fernández Noroña, que lleva años haciéndose rico defendiendo a los pobres, cree que por presidir la Comisión Permanente del Congreso posee una superioridad moral que nunca ha tenido. Cuando Moreno lo encaró, lejos de responder, corrió protegido por varios legisladores, entre ellos Jorge Carlos Ramírez Marín, expriista yucateco que en 2012 fue operador clave de Enrique Peña Nieto y el primero de sus tres secretarios de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (SEDATU). Desde septiembre de 2023 milita en el PVEM y hoy protege a quienes antes fueron sus adversarios, un ejemplo perfecto de flexibilidad ideológica.
Moreno, que ha llevado al PRI a la ruina y hoy se aferra al fuero tras ser acusado de enriquecimiento ilícito como gobernador de Campeche, exhibió su fuerza bruta. Más fuerte, corpulento y joven, seguramente hubiera ganado la riña si Noroña no hubiera huido. En su embestida incluso tiró al suelo a Emiliano González, camarógrafo del Senado e integrante del equipo del morenista. También repartieron manotazos los diputados priistas Carlos Gutiérrez Mancilla, chiapaneco que a sus 30 años sigue dirigiendo a los jóvenes priistas, y Erubiel Alonso, tabasqueño y vicecoordinador de la bancada del PRI. Todo un retrato del “nuevo priismo” en acción.
Más tarde, el Ministerio Público acudió al Senado para tomar la denuncia de Fernández Noroña y Emiliano González contra Moreno, algo que reforzó la percepción de que las instituciones se usan para proteger a los morenistas influyentes y no a los pobres que supuestamente defienden. Pero, ¿realmente constituyen delito los empujones y manotazos, cuando no hubo lesiones graves? Tal vez lo más punible no sea la riña en sí, sino el daño a la ya deteriorada credibilidad del Congreso.
Como si no bastara con el ridículo, ambos recurrieron a redes sociales y programas de radio y televisión para presentarse como inocentes víctimas del otro. La política mexicana convertida en reality show y en videos de YouTube que, seguramente, le dejarán más dinero a Fernández Noroña, siempre dispuesto a capitalizar hasta sus propias derrotas.
Ambos salieron maltrechos, no por los manotazos que alcanzaron a lanzarse, sino porque exhibieron lo que son: dos políticos vulgares, desprestigiados y de muy dudosa honestidad. Mientras México enfrenta problemas económicos y una crisis de seguridad, con millones batallando contra inflación, desempleo e inseguridad, sus senadores y diputados convierten el recinto legislativo en un circo de trifulcas y agravios personales que degrada aún más la vida pública.
Moreno y Fernández Noroña no se pelean por México, ni por la democracia, ni siquiera por sus partidos. Se pelean por sus egos, por sus privilegios y por mantenerse en la escena pública. Y al hacerlo, confirman que lo peor de la política no está en las calles, sino en el Congreso.
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