“Reconozco el gran daño que las drogas ilegales han causado al pueblo de Estados Unidos, de México y de otros lugares. Asumo la responsabilidad por mi papel en todo ello y pido disculpas a todos los que han sufrido o se han visto afectados por mis acciones.” Con estas palabras, Ismael “El Mayo” Zambada se declaró culpable ayer en un juzgado de Brooklyn, Nueva York, y cerró medio siglo de carrera criminal.
Terminó en manos de la justicia de EEUU no por un operativo militar ni por inteligencia policial, sino —según él— tras ser secuestrado por Joaquín Guzmán López, hijo de su exsocio Joaquín “El Chapo” Guzmán. Ambos llegaron en un avión privado a un aeropuerto cerca de El Paso, Texas, en julio de 2024 y, todavía a bordo, fueron arrestados. Guzmán López, hoy preso, enfrenta un juicio en el que ya se declaró no culpable.
Ese secuestro fue la causa de la guerra entre los Chapitos y los Mayitos, una lucha intestina del Cártel de Sinaloa que hasta hoy ha dejado más de 600 muertos y 800 desaparecidos en Sinaloa, aunque algunos elevan la cifra a más de 3,000 víctimas.
La comparecencia del Mayo estuvo lejos del “juicio del siglo” que muchos anticipaban. A diferencia del proceso del Chapo, con semanas de testimonios y filtraciones, esta vez no hubo espectáculo: El final de la carrera del Mayo fue anticlimático, casi burocrático, pero definitivo.
Se declaró culpable de dos cargos mayores: conspiración de crimen organizado y de dirigir una empresa criminal continua. Admitió haber traficado más de 1.5 millones de kilos de cocaína a Estados Unidos, ordenar asesinatos de rivales —incluido su propio sobrino— y sobornar a policías y militares para operar con impunidad.
También ayer, en Brooklyn, la fiscal general de EEUU Pam Bondi y diversos funcionarios federales y dijeron que Zambada pasará en la cárcel el resto de sus días.
La conferencia de prensa de Bondi dejó claro otro aspecto: apenas se dio crédito al gobierno de México por su lucha contra el narcotráfico. Los reflectores fueron para el Departamento de Justicia, la DEA, el FBI y Seguridad Interior. Para EEUU, la captura y confesión de El Mayo es un triunfo propio, no compartido. El mensaje implícito es devastador: el Estado mexicano fue, en el mejor de los casos, un actor secundario en la caída del legendario narcotraficante
Su confesión abre varias hipótesis. La primera: que EEUU tenga en sus manos datos inéditos sobre redes de corrupción en México. La segunda: que el DOJ guarde esa información bajo llave y la use como ficha de negociación diplomática. La tercera: que nada cambie y el sistema político mexicano, acostumbrado a la impunidad, ignore cualquier revelación.
Así, la noticia más esperada resultó ser también la más decepcionante. No hay escenas de drama judicial, no hay lista de políticos y empresarios exhibidos, no hay cierre cinematográfico. Solo la imagen invisible de un anciano enfermo admitiendo que durante medio siglo traficó a EEUU 1,500 toneladas de cocaína con la complicidad de muchos y el silencio de casi todos.
Su historia termina de forma anticlimática y su confesión puede quedar enterrada en los archivos del DOJ o convertirse en dinamita política. Por ahora, lo único seguro es que pasará el resto de su vida tras las rejas.
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