De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, 7.7 millones de personas han enfermado de COVID-19 en México. Esta cifra, basada en los dudosos datos oficiales, da una idea de la magnitud del problema. De estas personas, se calcula que murieron entre 600,000 y 800,000, un número alarmantemente superior a los 335,000 que reporta el gobierno federal. Esto sugiere que estamos vivos unos 7 millones que hemos padecido la enfermedad una o más veces.
Desde los primeros días de la pandemia, muchos que enfermaron reportaron sufrir de confusión mental, dificultad para concentrarse y problemas de memoria. Tres estudios publicados en febrero en la revista The New England Journal of Medicine indican que el COVID-19 no solo afecta el sistema respiratorio; también tiene la capacidad de penetrar en el cerebro y dejar una marca duradera. Los estudios muestran que quienes han padecido la enfermedad tienen un mayor riesgo de pérdida cognitiva. Además, imágenes del cerebro revelan alteraciones estructurales y una reducción en su volumen. Incluso aquellos con casos leves han mostrado inflamación cerebral prolongada, equivalente a siete años de envejecimiento.
Los casos severos que requieren hospitalización pueden provocar daños cerebrales similares a 20 años de envejecimiento. Experimentos de laboratorio han demostrado que el SARS-CoV-2 puede fusionar células cerebrales, interrumpiendo su actividad eléctrica y comprometiendo su función. La presencia del virus en el tejido cerebral meses después de la infección, observada en autopsias, sugiere que puede persistir en el cerebro y causar problemas a largo plazo.
Un estudio que evaluó a casi 113,000 personas que tuvieron COVID-19 encontró déficits significativos en la memoria y la ejecución de tareas. Los afectados mostraron una disminución del coeficiente intelectual (CI), con una pérdida promedio de tres puntos. Aquellos con síntomas persistentes no resueltos, como falta de aire y fatiga, perdieron seis puntos, y los que fueron hospitalizados en cuidados intensivos perdieron hasta nueve puntos. La reinfección con el virus contribuyó a una pérdida adicional de dos puntos.
Para contextualizar, una disminución de tres puntos en el CI incrementaría el número de adultos con un CI inferior a 70 en México, que se estima que hoy son entre 2.2 y 2.6 millones de adultos, creando una carga significativa para la sociedad en términos de apoyo y recursos.
Estos hallazgos subrayan la importancia de comprender los efectos a largo plazo del COVID-19 en la salud cerebral. Identificar a quienes están en mayor riesgo y desarrollar estrategias para mitigar estos impactos es crucial. El impacto en la educación de los jóvenes y la productividad de los adultos en edad laboral podría ser profundo, y las implicaciones para la demencia y el Alzheimer aún no están claras.
Este es otro desafío que deberá enfrentar la presidenta electa Claudia Sheinbaum y quienes la sigan en el cargo, porque su solución requerirá años, si no décadas, de investigación y esfuerzos concertados. El responsable de diseñar y poner en acción la estrategia para resolver el problema será David Kershenobich, el próximo secretario de Salud. El retos es inmenso, pero la necesidad de una acción decidida y fundamentada es imperativa.
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