Casi 2.8 millones de personas fueron deportadas de los Estados Unidos durante los ocho años del gobierno del presidente Barack Obama. Esto significa que, en promedio, poco más de 29,000 hombres, mujeres y niños fueron deportados cada mes.
Obama ganó la presidencia gracias, entre otras cosas, al inmenso apoyo que recibió de los latinos. Y pese a ello, no se tentó el corazón cuando llegó el momento de expulsar a quienes se encontraban ilegalmente en su país.
En 2009, el número de deportados fue de 389,834, en 2010 fue de 392,862, en 2011 se elevó a 396,906 y en 2012 a 409,849, una cifra récord. Las cifras empezaron a descender a partir de 2013, cuando fueron deportadas 368,644 personas. En 2014 el número fue de 315,943, en 2015 se desplomó a 235,413, elevándose ligeramente a 240,255 durante el último año de la presidencia de Obama.
Curiosamente, durante esos ocho años nunca escuché que nuestros gobernantes mostraran mayor preocupación sobre el tema o que manifestaran su indignación por el trato que se le daba a nuestros connacionales.
Después de todo, los mexicanos radicados en Estados Unidos eran y son una importante fuente de divisas que vienen a fortalecer a la economía mexicana. Hay estados como Michoacán, Guanajuato, Jalisco, Zacatecas, Oaxaca, Puebla o Guerrero cuyas economías dependen en gran medida de los dólares que regularmente envían los mexicanos que por alguna razón u otra fueron obligados a dejar su propio país.
Durante los ocho años del gobierno de Obama, los envíos de dinero hechos por mexicanos que viven en el exterior a sus familias fueron de 21,306.3 millones de dólares en 2009, de 21,303.9 millones en 2010, de 22,803 millones en 2011, de 22,438.3 millones en 2012, de 21,892.4 en 2013, de 23,606.8 en 2014, de 24,770.9 en 2015 y de 24,784 millones en 2016.
Nuestros gobernantes y políticos aparentemente estaban felices con la situación prevaleciente mientras las remesas siguieran llegando a nuestro país.
La calma chicha de nuestros dirigentes políticos desapareció cuando Donald Trump ganó la elección presidencial de noviembre pasado. Durante su campaña electoral el republicano neofascista amenazó con deportar a todos los mexicanos indocumentados que hay en su país y a financiar su famoso muro fronterizo gravando las remesas que tan importantes son para la economía nacional y la supervivencia de millones de mexicanos.
La clase política se ha movilizado para condenar las intenciones de Trump. Se han movilizado tanto, que en estos momentos viajan por Estados Unidos varios gobernadores y el dueño de un partido político, ofreciendo su apoyo a los paisanos que allá viven.
Algunos de ellos, como el Peje López Obrador, o los gobernadores de Morelos, Graco Ramírez, o de Michoacán, Silvano Aureoles, han hecho saber que aspiran ganar la presidencia de México en 2018. Y tal vez por eso andan de gira en Estados Unidos, demostrando la profunda preocupación e inmedible indignación que les provocan las políticas persecutorias de Mr. Trump.
Como se nota que la carrera por la presidencia de la republica ya empezó. López Obrador, Graco y Silvano buscan hoy posicionarse frente a la opinión pública quejándose amargamente pro algo que viene ocurriendo desde 2009.
Las preguntas obligadas son: ¿por qué no se manifestaron durante los ocho años del gobierno de Obama? ¿dónde estaban estos defensores de los mexicanos en Estados Unidos cuando Obama los deportaba?
Las respuestas son sencillas. Estaban en México, sin preocuparse en lo más mínimo por los mexicanos que viven al norte del Río Bravo. Para ellos, faltaba mucho para la elección de 2018.
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