Maximiliano de Habsburgo, coronado como emperador Maximiliano I, entra en la ciudad de México. En realidad es un mero peón en las manos del emperador Napoleón III de Francia, que pretende extender su dominio a tierras mexicanas. Finalmente, lo dejará vendido a su propia suerte.
Traído como cabeza de los intereses de Francia, demostró ser todo menos eso. Sus intereses se volvieron hacia México y hacia su gente. Cuando los franceses se dieron cuenta que se habían equivocado y de muchas formas habían subestimado cuan lejos podría llegar, se retiraron. El apoyo militar francés, pactado por medio del Tratado de Miramar, dejó de existir y Napoleón III dio la orden de regresar las tropas a Francia, dado que cada vez eran mayores las protestas por el pueblo francés, además de que los intelectuales se preguntaban “que hacemos en México”, y la guerra ya consumía recursos económicos del Imperio Francés y esta se alargaba. México no era Argelia ni tampoco la Indochina francesa (hoy Vietnam), dado que era una guerra de desgaste y empezando el retiro de las mismas en el año 1867, dejando a Maximiliano solo y sin protección.
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