El Centro de Estudios Interamericanos de la universidad alemana de Bielefeld define así a los populistas: “Los movimientos o grupos llamados populistas apelan a la población; al contrario de las élites, hablan a la ‘gente común’ de una forma que trasciende las fronteras de clases; se presentan a sí mismos como anti-elitistas y están en contra del ‘establishment’. ‘El pueblo contra los poderosos’ es el eslogan del populismo. A menudo carecen de un programa político concreto, los populistas centran su atención en ciertos aspectos selectos. Su compromiso, basado en una retórica moralizante, se dirige al no definido bienestar de la ‘gente común’, que tiene que ser protegida del poder abrumador de los intereses nacionales e internacionales. Los populistas prefieren un estilo de política directo e inmediato sin organizaciones intermediarias, como partidos o canales formales de participación democrática o instituciones. Su imagen de la sociedad es más o menos dicotómica y existen conceptos claros, aunque cambiantes, de un enemigo. Ante los ojos de sus abogados populistas, la ‘gente común’ siempre tiene la moralidad de su lado, pues representa la mayoría de la sociedad”.
De acuerdo con esta definición, los gobernantes de Estados Unidos, Brasil, Reino Unido y México son claramente populistas porque Donald Trump, Jair Bolsonaro, Boris Johnson y Andrés Manuel López Obrador, sin importar sus diferencias ideológicas, satisfacen en gran medida lo que se anota arriba.
Desde que la pandemia de COVID-19 llegó a sus países, sus respectivos gobiernos han demostrado una inmensa incapacidad para enfrentarla.
Hasta ayer, al escribir estas líneas, el nuevo coronavirus SARS-CoV-2 había infectado a 14 844 353 personas en 213 países y territorios y dos medios de transporte marítimos, y matado a 612 795 de ellas.
El fracaso de estos gobernantes populistas queda de manifiesto porque el 50.4% de las muertes mundiales han ocurrido en sus países. Es más, los suyos son los que más muertos reportan: 143 792 en Estados Unidos, 80 251 en Brasil, 45 312 en el Reino Unido y 39 485 en México.
Cada uno de ellos minimizó públicamente la gravedad de la pandemia, calificó al COVID-19 como algo un poco más molesto que una gripita, enfatizó el hecho de que las personas menores de 60 años no tenían de qué preocuparse porque solo los adultos mayores podían enfermar gravemente y hasta morir.
Cada uno de ellos se ha negado a usar un cubrebocas para demostrar que no hay de qué preocuparse y, peor aún, para decirle a sus seguidores que esta nueva enfermedad les hace los mandados.
Trump solo una vez ha sido visto en público usándolo, hace unos días cuando visitó un hospital militar; AMLO, dos veces cuando a principios de julio viajó a EEUU a bordo de un avión comercial; Johnson, quien ya enfermó de COVID-19, apenas empezó a usarlo la semana pasada después de que se disparara nuevamente el número de casos en su país; Bolsonaro, quien está enfermo, empezó a usarlo esporádicamente desde finales de mayo pero abundan las fotos y videos que lo muestran sin portarlo en distintos eventos masivos o de poca asistencia.
Los países gobernados por populistas, ¿han sido los más afectados por la pandemia? Esta misma semana lo comentaré aquí.
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