El 10 de agosto pasado, en la columna que intitulé “¿Cuál Andrés Manuel asumirá la presidencia?”, escribí, entre otras cosas, las siguientes:
“Lo que AMLO ha expresado desde el 1 de julio ha motivado y esperanzado a millones, no solo a los que votaron por él, sino a muchos de los que no lo hicieron. Porque, la verdad sea dicha, el personaje que hemos visto desde el día de la elección presidencial definitivamente no es el mismo que vimos a lo largo de 30 años. Pareciera que el haber ganado lo ha transformado. El iracundo demagogo populista que mandó al diablo a las instituciones e insultó a dos de sus antecesores (‘cállate chachalaca’ le dijo a Fox y de ‘presidente espurio’ calificó a Calderón) hoy es un hombre sereno que se expresa como un estadista, invita al diálogo a todos los mexicanos y a la búsqueda en conjunto de soluciones.
Muchos me preguntan cuál es mi opinión sobre él. Les digo que me agrada mucho lo que ha dicho y hecho desde que ganó la elección, pero que sigo convencido de que algunas de sus propuestas son inviables, costosas, imprácticas o demagógicas; que ignoro cómo será como gobernante porque no sé si será el individuo que fue antes o el que es hoy.
Michelle Obama dijo en una ocasión lo siguiente: “un candidato no cambiará repentinamente una vez que asuma el cargo. De hecho, es todo lo contrario porque en el momento en que el individuo hace su juramento está bajo la luz más ardiente y dura que existe. Y no hay forma de ocultar quién es realmente”.
Concluí mi columna del 10 de agosto con estas palabras: “Si AMLO no cambia repentinamente cuando asuma el cargo, ¿cuál será presidente? ¿El de antes del 1 de julio o el de después de esta fecha? Espero que sea el segundo”.
Desde ese día de agosto hasta ayer, han sucedido muchas cosas y sigo sin saber cuál es el Andrés Manuel que empezará a gobernar México dentro de exactamente 46 días.
Por un lado, veo a un individuo sereno y mesurado cuando se reúne con gobernadores, empresarios o líderes sociales importantes o que se dirige a un público conformado por personas que pertenecen a los más altos niveles socioeconómicos del país. Por otro lado, veo a un hombre apasionado y agresivo cuando pronuncia un discurso ante sus simpatizantes que ven en él no solo un rayo, sino una tormenta de esperanza.
Por un lado veo al político conciliador que predica amor y paz, que asegura que no perseguirá a nadie porque no guarda rencores ni resentimientos hacia quienes se le opusieron. Por otro lado veo al populista que califica como “fifís” o “pirruris” a quienes cuestionan sus propuestas o critican sus decisiones, especialmente si son periodistas o comentaristas en algún medio de comunicación.
Por un lado veo al AMLO calculador y por el otro lado veo al AMLO visceral.
Sigo viendo dos personas en una y todavía no sé cuál de los dos gobernará México. Me gustaría que fuera el Andrés Manuel sereno, mesurado, conciliador y calculador, pero eso no depende de mí, sino de él exclusivamente.
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