Han transcurrido 365 días desde la elección del 1 de julio de 2018. Y desde entonces hasta ahora, en los medios de comunicación, en las conversaciones entre amigos y familiares, en las pláticas que se llevan a cabo en oficinas y pasillos de organizaciones públicas y privadas, en las charlas de café y en cualquier lugar en donde se reúnan para hablar dos o más personas, el tema dominante ha sido el presidente Andrés Manuel López Obrador, el vencedor indiscutible y por amplio margen de la elección presidencial que ese día se realizó.
Tanto en público como en privado, hablar sobre AMLO es un asunto pasional. Sus seguidores lo defienden ciegamente y sus detractores lo critican de la misma manera. Tratándose de él es difícil mantener la objetividad o controlar la subjetividad. Su personalidad, sus palabras y decisiones dividen a los mexicanos.
La gente lo ama porque, entre otras cosas, ve en él al líder que lucha las 24 horas del día para mejorar las condiciones del país y hacerle justicia a los pobres excluidos de los beneficios generados por el desarrollo económico; al mesías esperado que por fin aliviará muchos de los males que agravian al pueblo; al hombre honesto que acabará con la corrupción, la inseguridad, la violencia y la ignorancia que han impedido el pleno avance del país, promovido la concentración de la riqueza, creado generaciones de políticos millonarios y de delincuentes que operan con absoluta impunidad; al demócrata que le consulta sus decisiones al pueblo bueno y sabio mediante encuestas o votaciones a mano alzada; al seguidor de Jesús que predica el amor, la bondad y la justicia; al individuo que habla de manera franca, directa y sencilla, sin la falsa elegancia y retórica que distingue a la mayoría de sus rivales.
Los que no lo quieren ven en él, entre otras cosas, al populista que para quedar bien con los pobres afectará sus intereses de clase, económicos y patrimoniales; al demagogo que promete cambiar la realidad nacional, sabiendo muy bien que no podrá hacerlo durante su sexenio; al hipócrita que dice que acabará con la corrupción pero que se niega a perseguir, con la ley en la mano, a los cleptócratas del pasado y se rodea de personas de dudosa probidad; al dictador en ciernes que controla al Poder Legislativo, pretende minar al Judicial y justifica sus decisiones mediante encuestas amañadas o asambleas en donde las personas levantan sus manos para aprobar las decisiones que él ya tomó; al promotor del odio contra quienes no piensan como él y que los acusa de ser fifís, neoliberales, conservadores o corruptos; al individuo cuya manera de hablar, propia de los nativos del sur del país, ofende los oídos y las mentes de quienes se creen mejor educados y opinan, sin fundamento alguno, que el buen español solo lo hablan correctamente quienes nacieron y crecieron en el centro de México.
Por ahora, la mayoría lo ve como un dios, mientras que una minoría lo considera un demonio. Ambas partes parecen olvidar que solo es un ser humano con virtudes y defectos; un político que es producto de su tiempo y sus circunstancias.
Durante los próximos días, comentaré lo que a mi juicio es lo bueno y lo malo de Andrés Manuel y su gestión presidencial.
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