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Realidad y Ficción. El movimiento revolucionario y la salud mental en México
La Revolución Mexicana no fue un evento homogéneo, sino una serie de levantamientos con causas y efectos diversos que abarcaban desde la lucha por la tierra hasta la demanda de derechos laborales y políticos. Este proceso generó un contexto de violencia generalizada, desplazamientos forzados y pobreza extrema, factores que contribuyeron a un aumento en la incidencia de enfermedades mentales o, al menos, en su visibilidad. La figura del “loco” en la Revolución solía estar asociada con aquellos que eran incapaces de adaptarse a la nueva realidad o que habían sido traumatizados por los horrores del conflicto en un momento en que los conceptos de salud mental aún no estaban bien definidos ni aceptados en la sociedad.
La percepción de la locura, además, estaba ligada a ideas tradicionales y religiosas que veían en la enfermedad mental un castigo divino o una posesión demoníaca. Sin embargo, la modernización del país durante el Porfiriato (1876-1911) también había impulsado una incipiente profesionalización de la medicina, incluida la psiquiatría. En este contexto, el establecimiento del Manicomio General La Castañeda se presentó como parte de los esfuerzos por crear una infraestructura moderna que situara a México a la par de las naciones europeas.
El uso de La Castañeda durante los primeros años de la Revolución Mexicana revela un patrón en el que la reclusión de individuos era más una herramienta de control social que una medida terapéutica. La crisis política y social del país llevó a que el manicomio asumiera funciones más cercanas a las de una cárcel que a las de un hospital. Se buscaba proteger a la sociedad de aquellos que no se ajustaban a las normas, pero se intentaba invisibilizar el sufrimiento de una población afectada por el caos revolucionario. La psiquiatría en México, lejos de ofrecer soluciones a las enfermedades mentales, se vio atrapada entre las demandas científicas y los intereses políticos, limitó su desarrollo y contribuyó a la estigmatización de los pacientes.
La Revolución Mexicana dejó una huella en los diagnósticos y tratamientos en La Castañeda. Los registros de la época muestran un incremento en los casos relacionados con traumas bélicos, alucinaciones asociadas al miedo, así como un aumento en el consumo de alcohol. Los tratamientos disponibles eran rudimentarios durante la Revolución Mexicana y los primeros años del Manicomio General La Castañeda ejemplifican cómo las condiciones históricas y sociales influyen en la forma en que se conciben y gestionan las enfermedades mentales.
La Castañeda, más que un espacio terapéutico, fue utilizado como un mecanismo de control social, revelando las limitaciones y contradicciones del sistema de salud mental en México. La Revolución Mexicana no solo modificó el paisaje político y social del país, sino que también dejó una marca profunda en la manera en que se entendía y trataba la locura, un legado que continúa resonando en la actualidad, camisas de fuerza, baños de agua fría y reclusión en celdas de aislamiento. Este periodo ejemplifica cómo las condiciones históricas y sociales influyen en la forma en que se conciben y gestionan las enfermedades mentales.
En los albores del movimiento que depuso a Porfirio Díaz llegó a las puertas del lugar una jovencita, sucia, perdida en un abismo físico y mental, poseída por el demonio, decían los otros. Adelita Castro, dijo que se llamaba.
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Tienes un ojo muy abierto. Demasiado. Sólo uno. Inyectado. Sientes como si esos pequeños vasos oculares fueran a estallar. ¿Pestañas?, no, ya no. Tu mano izquierda empieza a contraerse. La dolorosa agonía te confunde. ¡Qué lejos llegaste, ¿verdad?!, y ¿lograste algo? La mitad de tu cuerpo se sumió hace ya un tiempo en un profundo letargo, lacio. La mitad de tu boca, de tu nariz, de toda tu cara, de tu cuerpo, simplemente un día dejó de vivir. En tu desesperación intentas mover la silla con el único e inútil pie que te funciona, tu brazo medio servible busca la rueda para hacerla girar; pero nada. El olor empieza a estrangular tus vías respiratorias. No imaginabas lo que ibas a sentir. La otra parte de tu cuerpo, la no tan flácida, te reclama. Tu mano termina de tragarse la foto. ¿Quién habla allá afuera?, ¿se ríen?, ¿es de ti? Escuchas pasos que van y vienen, ¿acaso es gente que baila? Oyes música. ¡Es tu canción! Las voces, unas agudas, otras más graves. Su sonoridad te aturde, se funden con crujidos de madera. ¿Se burlan? Ya no eres la mujer valiente y decidida que luchaba por un ideal y por su hombre. Lo acompañaste en la batalla. Eres “La Adelita”, la mujer de uno que te traicionó. Canta, más como un lamento, canta.
Continuará…
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