Historias para la pandemia |

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6 de octubre, 2020

Vivimos tiempos atípicos en los cuales pensamos y actuamos de un modo distinto al que acostumbrábamos. Es particularmente complicado para muchas personas. Ahora mismo pienso en los maestros que deben de ejercer sus actividades de modo virtual, enfrentando las limitaciones del caso, cuando los alumnos no cuentan con una pantalla a través de la cual recibir sus clases. Surgen así historias que habrán de conformar el imaginario para futuras generaciones, héroes sin capa que muestran su espíritu solidario a través de acciones concretas que permiten resolver los problemas del alumnado. Hay casos conmovedores, otros divertidos y algunos más que dan cuenta del modo en que un ser humano puede exasperarse y con su actitud provocar daños a terceros, como fue el caso de la maestra duranguense que humilló a un alumno que tomaba sus clases en un cibercafé por no poder hacerlo desde casa.

Junto con estas historias vienen las propias, que se cuelan por algún resquicio de la memoria para hacernos compañía.  Un par de días atrás, una prima me preguntaba por la casa de nuestra abuela materna, con quien tuve la oportunidad de convivir de pequeña. Ella murió antes de que yo cumpliera 5 años. A la vuelta del tiempo descubro cuánto recuerdo de ella –pese al breve periodo que pasé a su lado– y hasta qué grado las memorias de la infancia pueden marcar una vida.  

La casa de mi abuela se hallaba sobre la avenida Morelos, una de las principales  del centro de Torreón. Esta arteria contaba con un camellón central y palmeras, maravilloso símbolo de la transculturación entre oriundos y  extranjeros que llegaron de oriente hasta la ciudad. A más de cincuenta años de distancia, recuerdo la casa de la abuela como si me encontrara justo ahí.  La puerta principal de madera, de dos hojas, daba acceso a un zaguán poblado de macetas blancas de pedestal, adornadas con pedacería de espejo, en las cuales se desplegaban tupidos helechos.  Éste daba acceso al recibidor, recinto de la casa que más asocio con la abuela, era amplio, cordial y siempre luminoso. Ahí se sentaban las señoras a platicar, mientras yo me dedicaba a recorrer las piezas a uno y otro lado del patio central; cada una con sus particularidades, que me habrán inspirado muchas historias. Ahora descubro cuántas de ellas tenía rezagadas en mi interior.  En ellas había gnomos, dragones, hadas, algún ratón despistado y mucha magia. Esos personajes interactuaban con los propios de las fábulas de Esopo o de La Fontaine, que mi abuela me contaba antes de dormir. Cada habitación que recorro con la mente  me evoca un color, una atmósfera particular, y puedo sentir ahora lo que percibía entonces, mientras exploraba rincones e inventaba historias. Vienen a mi memoria ambientes, voces, aromas; ahora comprendo qué maravillosa oportunidad tuve como niña, de construirme un espacio mágico dentro  del cual habitar, y a dónde refugiarme cuando, en mi condición de hija única y niña buleada, necesitaba alejarme del resto del mundo.  Un espacio construido con la imaginación en aquellos tiempos en los que hasta encender la radio era un evento poco común.  El radio de mi abuela era de color claro y tenía al frente una carátula en la cual se señalaban las estaciones. Al girar  el botón del encendido se escuchaba un chasquido, y en seguida se iban traslapando sonidos ininteligibles hasta dar con la estación deseada.

Lo relatado son memorias que me conformaron como ser humano, y en estos tiempos de desestabilización me sirven de contrapeso en medio del temporal. Comprendo hasta qué grado esos elementos de los primeros años tienen el potencial de esbozar lo que seremos en la vida; el camino que andaremos; la resistencia con que haremos frente a las vicisitudes del camino. El presente texto es un ejercicio mental que hice a petición de mi prima, sin imaginar que ello desencadenaría en mí un efluvio de bellos recuerdos infantiles. Ello me llevó a comprender cuánto puede influir una abuela en sus nietos, para esbozar la percepción que éstos tendrán a lo largo de su vida.

Retomando lo que mencioné en un principio, la contingencia ha permitido el surgimiento de esos héroes sin capa generosos, que no dudan por un minuto en compartir lo propio con aquellos en necesidad.  Es buen momento para revisar nuestro inventario personal, descubrir qué elementos tenemos para compartir con otros, en particular con los pequeños, en la confianza de que tienen el potencial de  generar experiencias transformadoras para toda una vida. 

Hace muchos años salí de Torreón. La avenida Morelos ha cambiado, según las imágenes que me envía mi ahijado por mensaje digital. Siguen en pie las palmas, habiendo superado una epidemia que casi las desapareció hace unos años.  El camellón ya no existe, ahora están asentadas en unos macetones con luces LED.  No empatan en absoluto con mis memorias de niña.  La casa de la abuela ya no existe desde hace tiempo; fue sustituida por un edificio de gobierno y locales comerciales. Las cosas  cambian, así debe de ser. Por encima de todo ello descubro que esas primeras memorias mágicas, que nos permiten crear mundos de la mano de la fantasía, nunca mueren; que esos personajes, como la abuela con su risa de porcelana, instalada en el amplio recibidor, y el coyote y el perro de Esopo, y las historias que habitaban la cocina con horno de leña y el traspatio, morirán hasta el día que muera mi memoria.

Es asombroso descubrir dentro de  cada uno de nosotros, cuánto hay para compartir con los demás, en especial con  nuestros niños. Contribuir a que cada uno de ellos construya un mundo interior, que a más de cincuenta años siga presente y activo, y nos anime a salir adelante en tiempos como éste.

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Durante los últimos meses el clima y la vegetación habían variado enormemente, dificultando el trayecto; el paraje yermo y polvoriento donde habían asentado su campamento base, de a poco se había transformado en una jungla espesa, húmeda y de rocosos acantilados, cada vez más escarpados e inhóspitos. Únicamente algunos ínfimos asentamientos humanos con sus respectivos animales domésticos habían logrado sobrevivir ahí. Aquella, pues, era la realidad de Latinoamérica. Sólo pobreza. Gente jodida, jodida y solitaria, viviendo en medio de la nada. Carajo, pensaba el comandante Ramón, ¿cómo es posible que el gobierno, los gobiernos puedan permitir algo así, una existencia infrahumana y miserable, sin ningún propósito, sin ninguna aspiración? Justo algunas horas antes, él y los dieciséis hombres que componían aquella primera columna del llamado Ejército de Liberación Nacional se habían topado, accidentalmente, con una anciana desdentada que conservaba, a su avanzada edad, el buen talante y cuyo tiempo se dividía entre pastorear a sus cabras y cuidar a sus dos hijas, una enana y otra que yacía postrada en el interior de la pequeña choza construida con paja y adobe a la que las tres denominaban hogar. Habían intercambiado algunas escuetas palabras acerca de la distancia con respecto a las poblaciones más cercanas y después, poco antes de ponerse en marcha nuevamente, le habían dado cincuenta pesos, mucho considerando la cantidad que les restaba, no sin antes hacerle prometer que no hablaría con ninguno de los soldados que rondaban la zona. Una anciana y dos hijas enfermas. Algunos campesinos y sus familias. Una casa solitaria aquí, un caserío allá. Todos, en medio de aquel territorio agreste y perdido. En medio de la nada. Peor aún, dado los recientes acontecimientos, resultaba poco probable que fuera a cumplir con la palabra empeñada. El recuerdo de la segunda columna, cuya posición debió de haber sido informada al ejército por alguno de los campesinos locales, disparó de pronto imágenes dentro de la cabeza de Ramón; comenzaron a aparecer frente a sus ojos, claramente, los rostros de sus compañeros caídos. Muertos, todos muertos. Jóvenes. Buenos compañeros. Valientes y leales. Emboscados, sin oportunidad alguna de defenderse, asesinados como animales por unos soldados de mierda, sin ningún rastro de honor. Lo tenían todo y ahora ni siquiera podía saber él, con certeza, qué suerte correrían sus cuerpos. Julio y Manuel también habían muerto, ellos apenas dos semanas atrás. ¿Qué hay de aquellos que los amaban, de sus amigos, de sus compañeros, de su familia? ¿Qué será de la mía, si corro con la misma suerte? A mis hijos les costará trabajo recordarme, sobre todo a los más pequeños, pero mi mujer se encargará de criarlos como hombres y mujeres de bien, preocupados por su patria y por su gente. Aún y cuando no lo había expresado hasta ese momento, y jamás lo haría, era consciente de que el exterminio de aquella segunda columna marcaba el precipitado fin de la odisea. Durante algunos meses, el balance de fuerzas había presentado un saldo positivo; habían logrado abastecerse de cuantioso parque y provocado numerosas bajas enemigas. Pero la caída de la segunda columna era un golpe difícil de ignorar. Salir de allí con vida era, ahora, el único propósito, el único objetivo. La luz de la luna resultaba apenas perceptible dada la cantidad de nubes que pululaban el cielo aquella noche de octubre, de modo que el grupo avanzaba lentamente, entre penumbras. 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En los brindis de la Geographical Society donde se celebra su hazaña, se mencionará insistentemente a los canes y poco, su experiencia o pericia.  Los historiadores revisarán el actuar del capitán inglés a lo largo de las décadas posteriores, tachándole a veces de héroe, por su valentía y otras de villano, por sus elecciones, sin llegar a un acuerdo.  El explorador noruego, por otro lado, habita desde el año de 1913 en los libros de historia.   " ["post_title"]=> string(10) "TERRA NOVA" ["post_excerpt"]=> string(54) "“Fortuna multis dat nimis, satis nulli”. -Marziale" ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(6) "closed" ["ping_status"]=> string(6) "closed" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(10) "terra-nova" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2022-09-15 10:13:19" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2022-09-15 15:13:19" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(35) "https://ruizhealytimes.com/?p=83376" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } ["comment_count"]=> int(0) ["current_comment"]=> int(-1) ["found_posts"]=> int(19) ["max_num_pages"]=> float(10) ["max_num_comment_pages"]=> int(0) ["is_single"]=> bool(false) ["is_preview"]=> bool(false) ["is_page"]=> bool(false) ["is_archive"]=> bool(true) ["is_date"]=> bool(false) ["is_year"]=> bool(false) ["is_month"]=> bool(false) ["is_day"]=> bool(false) ["is_time"]=> bool(false) ["is_author"]=> bool(false) ["is_category"]=> bool(true) ["is_tag"]=> bool(false) ["is_tax"]=> bool(false) ["is_search"]=> bool(false) ["is_feed"]=> bool(false) ["is_comment_feed"]=> bool(false) ["is_trackback"]=> bool(false) ["is_home"]=> bool(false) ["is_privacy_policy"]=> bool(false) ["is_404"]=> bool(false) ["is_embed"]=> bool(false) ["is_paged"]=> bool(false) ["is_admin"]=> bool(false) ["is_attachment"]=> bool(false) ["is_singular"]=> bool(false) ["is_robots"]=> bool(false) ["is_favicon"]=> bool(false) ["is_posts_page"]=> bool(false) ["is_post_type_archive"]=> bool(false) ["query_vars_hash":"WP_Query":private]=> string(32) "a5f1d279830a4fd8416f0c99690608f3" ["query_vars_changed":"WP_Query":private]=> bool(false) ["thumbnails_cached"]=> bool(false) ["stopwords":"WP_Query":private]=> NULL ["compat_fields":"WP_Query":private]=> array(2) { [0]=> string(15) "query_vars_hash" [1]=> string(18) "query_vars_changed" } ["compat_methods":"WP_Query":private]=> array(2) { [0]=> string(16) "init_query_flags" [1]=> string(15) "parse_tax_query" } }

TERRA NOVA

“Fortuna multis dat nimis, satis nulli”. -Marziale

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