Evoco ahora el libro “Me acuerdo” de Joe Bainard, con un estilo entre crónica y ensayo personal, que describe como destellos muchos momentos de su vida. Con ello en mente pensé en escribir esta colaboración alusiva a la Navidad, engarzando momentos que se me vienen a la mente en forma espontánea, sin un orden preciso, para recordar que estas fechas son magia. Deseo, además del disfrute personal de la memoria, invitar al lector a hacer lo mismo con sus recuerdos de temporada y alegrarse con ello.
Me acuerdo del aroma del árbol natural que se colocaba en la casa paterna cada diciembre, y sus luces multicolores cuyo resplandor venía de unas bases de hojalata en forma de estrella en las cuales estaban insertados.
Me acuerdo de las cenas en casa de mi abuela materna a la que acudíamos mis papás y yo, así como mis tíos abuelos, después de haber escuchado misa de gallo. Por única vez en el año el comedor de esa casa emblemática se colmaba de voces y sonidos, risas y buenos deseos.
Me acuerdo del nacimiento que montaban mis vecinas de enfrente, en una habitación que desocupaban para la temporada y que narraba los pasajes de la Biblia mediante figuras de barro grandes y pequeñas, borregos, reproducciones de patos y cisnes sobre lagos de espejo y, para mi asombro, después del 24 de diciembre un niño Dios demasiado grande en relación con el resto de las figuras.
Me acuerdo de los buñuelos de rodilla que enviaba mi abuela paterna desde la ciudad de México, y que increíblemente llegaban enteros hasta Torreón. Viene a mi mente el ruido que producían al perforarlos con el dedo por la parte media. Evoco la cocina de la casa de mis padres, la preparación anticipada del pastel de frutas, con una receta de mi tía Esther, que requería baños semanales de algún destilado para reblandecer su masa. Pastel que a la fecha sigo preparando, para preservar la tradición.
Me acuerdo del olor del ponche mientras alcanzaba su punto. Jamaica, canela, piloncillo y fruta, que incluía un trozo de caña, tejocotes, naranja, manzana y guayaba, y quizá alguna ciruela pasa o pasas de uva. Tengo muy presente la sensación de quemazón en las manos al tomar el vaso humeante de papel encerado, soplándole para enfriarlo antes del primer trago.
Me acuerdo de una temporada navideña mientras vivíamos en Nuevo Casas Grandes, Chihuahua. Mi madre, siempre artista, quiso montar un nacimiento de tamaño natural; armó unas estructuras cónicas con molduras de madera y cartulina. Sobre ellas colocó unas tinajas de barro como cabezas de María, José y el niño. Pintó con óleo los rasgos de cada figura. Asimismo, formó una cuna con molduras de madera que revistió con pastura. Colocó todas las figuras en un garaje aledaño a la casa. Mi papá tomó fotografías en blanco y negro del nacimiento, de mi mamá y mías. Las figuras de José y María eran más altas que yo a mis siete años.
Me acuerdo de que cada diciembre, allá por el día 22 o 23, llegaban a casa los regalos enviados por mis tíos Homero y Telis. Esa mañana aparecía Poncho, su chofer de toda la vida, portando un canasto con los regalos, con una sonrisa enorme, seguramente anticipando la ilusión que me haría a mí, como niña, verlo entrar. Al evocar esas fechas previas a la nochebuena vienen a mi mente las canciones navideñas que más escuchábamos en casa. Una que poco o nada he vuelto a escuchar se llama “Mele Kalikimaka” y otra era “Rodolfo el reno de la nariz roja”.
Me acuerdo de las comidas del día 25 en casa de mis tíos George y Elvy. Ellos celebraban al estilo norteamericano. Yo cargaba con mis juguetes nuevos para enseñarlos a mis primos y jugábamos toda la tarde. Era muy divertido descubrir que mi prima de la edad y yo muchas veces recibíamos los mismos muñecos, pero de distinto color.
Me acuerdo de mi estadía allá por finales de 1983, en una clínica del programa Coplamar en Doctor Arroyo, Nuevo León, población en ese tiempo pequeña, con calles de tierra o empedradas. Las posadas se organizaban con los santos peregrinos de carne y hueso. María iba sobre un burro de verdad y la procesión los seguía para pedir posada en las calles aledañas a la iglesia de la Purísima Concepción, de donde partía y a donde terminaba la peregrinación. El pueblo entero participaba en las posadas, igual que en las bodas o quince años, que eran de puertas abiertas.
Me acuerdo de la primera navidad de casada. Mi esposo y yo viajamos de Piedras Negras a Torreón para pasar la fecha con mis padres. El frío era intenso y a la altura de Río Escondido, donde ahora se ubican una cervecera y una embotelladora de refresco, los aspersores mostraban cortinas blancas formadas por los chorros de agua congelados. Unos años más adelante, en las primeras navidades de mis hijos, tengo muy presente el brillo en los ojos de mi esposo cuando llegábamos al árbol muy temprano a ver qué regalos había dejado el Niño Dios. No sabría decir quién se ilusionaba más, si mis hijos o él.
A la vuelta del tiempo comprendo que mis mejores recuerdos están hechos de momentos sencillos, humanos, de feliz convivencia. Esos que se quedan grabados para siempre y nos acompañan más adelante, cuando nos valemos de ellos para evaluar la propia vida y darnos cuenta de que hemos sido muy afortunados, por compartirla con nuestros seres queridos con quienes disfrutamos los mejores momentos.
Una fundación de segundo piso para apoyar al INAH en su labor de exaltar la grandeza de México
La tumba 10 es el más reciente hallazgo del instituto nacional de antropología e Historia (INAH), cuya cabeza de...
enero 28, 2026
El gran pez en el agua agitada
En la estantería, dentro de la interminable pila de libros por leer, estaba El pez en el agua. Con...
enero 23, 2026
LOS ECOS DE LA CASTAÑEDA. Realidad y Ficción. (Octava parte)
Para leer la séptima parte haz click aquí. Antonio Carr 1914 Antonio Carr germinó como un joven que impulsado...
enero 22, 2026
Letras de plata
Hoy vivimos hasta edades que nuestros abuelos no alcanzaron y afortunadamente hay recursos para convertir esa última etapa en...
enero 20, 2026