Ser jefa de familia implica desarrollar habilidades de liderazgo, toma de decisiones rápidas, independencia económica y resistencia emocional. Estas cualidades, culturalmente asociadas a la energía masculina (orientada a la acción, el control y la resolución de problemas), son necesarias para sobrevivir y proteger a los hijos. Sin embargo, también pueden tener un costo en la vida afectiva.
Desde la neurociencia sabemos que el estrés crónico —frecuente en mujeres que cargan solas con responsabilidades familiares— eleva los niveles de cortisol y reduce la producción de oxitocina, la hormona vinculada con el apego y la confianza. Esto dificulta la apertura emocional, genera hipervigilancia y una tendencia a querer tener el control absoluto, incluso en relaciones amorosas.
Además, la psicología social ha observado que cuando una persona permanece mucho tiempo en un rol de “proveedor y protector”, el cerebro crea un patrón de defensa que interpreta la vulnerabilidad como una amenaza.
Para el amor de pareja, la vulnerabilidad es esencial: permite ceder espacio, negociar, confiar. Si estas habilidades se ven desplazadas por un modo de alerta constante, las relaciones pueden convertirse en escenarios de competencia más que de cooperación.
Para Ruiz Healy Times, María José Bravo, psicopedagoga, neuropsicóloga y especialista en inclusión, precisó que lo anterior son constructos mentales que nos llevan a pensar en los dos extremos de la balanza, el creer que la mujer tuvo que desarrollar masculinidad, quitando al hombre de su rol, que epigenéticamente le pertenece, y por otro lado, creer que lo hace como un sacrificio y no como una característica del ser humano que está encaminada hacia la autonomía; por ello es necesario que los estilos de crianza sean dirigidos hacia una autonomía y nos lleven a un bien común, logrando así la convivencia entre individuos.
El reto no es “apagar” la energía masculina, sino equilibrarla. Hay que recordar que la fortaleza también está en permitir que otro cuide de ti, en bajar la guardia sin sentir que pierdes poder. Las mujeres jefas de familia no necesitan renunciar a su independencia para amar, pero sí reconocer que el amor florece cuando hay espacio para la reciprocidad, no solo para la supervivencia.
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