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La falsedad comprable

Viernes, 13 de Abril 2018 - 15:00

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Juan Mireles

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La publicidad, la imagen, todo cuesta para aparentar. Moverse de tal forma, hablar de determinada manera para conectar con el de abajo. Perfilarse hacia uno u otro lado y que no se vea la cicatriz, las marcas que lo deforman.

Que no se vea realmente quiénes son. Fingen. Se entregan a las palabras, dejan que ellas marquen el ritmo, que digan, que lo digan todo, no importa -piensan.

La publicidad “se centra en satisfacer deseos artificiales” (Chomsky). Sí, los deseos. ¿Qué es lo que quieren? ¿Qué necesitan de un hombre? ¿Qué necesitan de mí, de nosotros? Todo.

¡Sálvenos! Gritamos, en esa histeria incontrolable.

Necesitamos todo, que aquél o aquéllos logren todo. Que prometan. Que nos digan que estaremos bien. Que cuidarán de nosotros.

Aseguran, las piedras serán panes. Que debemos creerles y les creemos, no por ellos, sino por la orfandad que sentimos al mirar alrededor y no ver claro, no ver a nadie que pueda ayudarnos.

Y así caemos una y otra vez en el circo de la podredumbre donde tres o cuatro payasos se golpean e insultan. Pero también con ellos reímos, también de algunos nos burlamos, también continuamos su farsa aplaudiendo y abucheando: también somos parte del espectáculo, con la diferencia que ellos siguen siendo los protagonistas, los que se llevan el dinero al final de la función.

Nosotros el público, como siempre, salimos sin nada en las manos.

Pero eso tampoco parece importarle ni a ellos ni a nosotros.

Sí, todos somos espectadores. Vemos cómo se pelean el botín, cómo de tanto se desenmascaran por segundos, aunque no tardan demasiado en volver con otra careta que nos haga olvidar quién es en realidad el que está detrás de las promesas.

Prometer, en política, es imaginar el poder y la riqueza en las manos y volverse loco.

El pueblo lo aguanta todo, dicen, pero lo aguanta en cuanto pueda creer y esperanzarse, en cuanto pueda opinar por quién votar. Esa maestría para engañar es lo que los vuelve elegibles y los coloca en el poder.

Nos hacen pensar que estamos en posición de seleccionar a alguien, por la razón que sea, de la misma manera que creemos que compramos un producto porque queremos comprarlo y no por una estudiada campaña de marketing: no es vender algo porque lo necesita la gente sino que se crean necesidades para que continúe el consumo. La gente no pide nada, toma lo que hay y lo adapta a su estilo de vida.

Si los problemas estuvieran resueltos se acaba el poder, el dinero, el hambre de todo: la violencia, las desapariciones, la corrupción, la impunidad, son los productos que se ofertan; el impacto emocional terrible que esto origina es lo que nos impulsa a seguir “comprando”, en este caso, las ideas de cambio.

“Todo el saber/es dolor todo/el conocimiento/llanto”. Escribió el poeta Ernesto Kavi. Y pienso que este dolor del que estamos llenos es el que canjeamos por votos; es decir, lo materializamos para poder comprar lo que se nos ha ofrecido en las campañas políticas.

Que existan tantos problemas en un país es altamente atractivo para aquellos que entienden de estos menesteres. Es un campo de oportunidad. Es el éxito asegurado si se sabe jugar. Es negocio: somos sus clientes y no nos damos cuenta.

Es por esa razón que esté el país cómo esté, siempre será llamativo conseguir el máximo poder al que pueden aspirar: gobernarnos a todos.

La compra masiva nos espera.

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Número 17 - abril 2018
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