Y si habitaran la Luna

Si usted es de los que cree que si las mujeres habitaran la Luna habría más viajes al espacio que historias en un bar (en… Si usted es de los que cree que si las mujeres habitaran...

10 de marzo, 2016
RHT

Si usted es de los que cree que si las mujeres habitaran la Luna habría más viajes al espacio que historias en un bar (en…

Si usted es de los que cree que si las mujeres habitaran la Luna habría más viajes al espacio que historias en un bar (en un bar), lamento decirle si así fuera ni hubiera logrado despegar… (despegar).

Hace unos años el talentoso periodista de ciencia Javier Cruz Mena charlaba con otro talentoso comunicador de la ciencia (de hecho el que escribe esta líneas) sobre las oportunidades que pudiera tener una niña indígena de clase baja para formarse como científica de alto nivel. El ejercicio mental se relacionaba con planificar una entrevista sobre la formación de estudiantes en ciencia. Nos fuimos lo más atrás que pudimos en la historia de México para visualizar los cambios emancipadores y revolucionarios de tanto reemplazo de régimen y estrategia educativa. El siglo XVIII sin duda abrió oportunidades académicas a las mujeres, por ejemplo con el Colegio de las Vizcaínas donde las clases de repostería poblana ejercían sus efectos emancipadores. Tuvimos que pasar rápidamente los siglos dada la falta de oportunidades. Llegamos a la posrevolución y fuimos hojeando sexenios de misoginia educativa. Al final concluimos que la generación donde una chica de clase media baja indígena podría llegar a ser una investigadora titular, era apenas el momento actual; las dos o tres generaciones de nuestro periodo de vida. Las chicas que aún están estudiando. Eso porque muchas de las grandes científicas mexicanas de hoy provienen de un ámbito social altamente privilegiado. Si le cuento que la situación ha sido más o menos similar con las primas del norte, allende el Bravo. Usted, usted dicharachero lector espetará que mal de muchos … Y sí.

A principios de los setenta Margaret W. Rossiter publicó un artículo acerca de las mujeres de ciencia a principios del siglo XX en la revista (muy recomendable) American Scientist. Destacaba la demografía de género entre las profesiones científicas según el recuento de James McKeen Catell, editor de la revista Science quien en 1906 diera cuenta de las 149 mujeres en un universo de más de 4,000 hombres. La situación mejoró con el tiempo, es un decir, claro. En la edición de 1910 hubo 204 mujeres científicas norteamericanas pero tan solo representaban el 3.5%  y en el conteo de 1921 llegaron al 4.8% con 459. La realidad es que hasta la Segunda Guerra Mundial  fue que se abrieron espacios en campos científicos dada la ingente necesidad de contar con científicos, tecnólogos y médicos.

Baste una flor como ejemplo (nótese el detalle bonito del ocho de marzo). Janet Abbate en su documentado y soporífero libro Recoding Gender sobre las mujeres en la historia de la computación nos presenta a Jean Jennings, Marlyn Wescoff y Ruth Lichterman, parte de las programadoras de la ENIAC, una de las primeras computadoras alrededor 1946.

Y sin Margaret Hamilton la NASA de verdad le hubiera llamado a Stanley Kubrik porque fue ella quien escribió el software para guiar al Apollo 11




No solo eso, si usted está leyendo este texto en una Mac, se lo debe en buena parte a pioneras de Apple como Joanna Hoffman o Susan Kare, que mágicamente no salieron ni sirviendo café en la película Steve Jobs con el guión de Aron Sorkin y Walter Issacson.

Así que por fortuna la situación hoy en día ha cambiado… algo. La American Asociación of University Women elaboró en 2010 un reporte de la situación de las mujeres en la ciencia norteamericana. Entre las mujeres de origen mexicano solo el 2.1 estudian una ingeniería contra el 13.5% de los hombres. Al menos en ingeniería se están peor que en 1910.

¿Cómo llegamos a esto?

Stephen Ceci y su equipo de la Universidad de Cornell publicaron en diciembre de 2014 un artículo llamado Women in Academic Science en donde concluyen que una de las razones son las diferencias en las habilidades matemáticas entre hombre y mujeres promovidas socialmente y que se reflejan en el número de ingenieras, físicas y matemáticas.

Pero tal vez hay otro aspecto para esta desigualdad numérica. La formación académica implica el desprendimiento de otro aspecto de la feminidad menos popular entre las activistas del feminismo internacional, la familia. Quizá usted furibunda y revolucionaria fan de Ruiz Healy Times esté por espetarme mis falocéntricas reticencias a la tristeza de muchas de mis compañeras que dejaron de lado la maternidad por los 9 mil pesos de beca de maestría de CONACYT.

Y es que una vertiente de los movimientos feministas ha buscado demostrar la igualdad con esas bestias peludas que somos los hombres en instituciones creadas por hombres. ¡Bravo! Con esa estrategia ganadora había que estudiar en una institución medieval diseñada para los requerimientos de cofradías masculinas que en general y hasta donde se sabe, parían con escasa frecuencia. Viviendo menos de 50 años había que formarse lo más pronto posible para ejercer el mayor número de años. Las universidades actuales son casi iguales pero ahora hay millones de mujeres que desean formarse y que viven más de ochenta años. La UNAM por ejemplo decidió en 2014 no contratar a investigadoras con más de 39 años de edad. Si se necesita al menos una estancia posdoctoral la chica indígena que vive de becas tuvo que decidir entre hijos o carrera. Y nadie hace nada. Cuando a esa edad y tras criar y formar hijas bien podría estar ingresando a licenciatura, ser contratada a los 50 y tener más de 25 años de actividad profesional plena.

Así que ya lo sabe, becario y viril lector, si de verdad ama a su mujer deje de tararear que lo que nos pidan podemos, y póngase a cambiar pañales para que ella pueda estudiar en paz. Y por favor, ya tire ese disco de Arjona.

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