Una fotografía, muchas puertas

Casi todos tienen un recuerdo de sus papás, vivos o muertos. Casi todos tienen un recuerdo de sus papás, vivos o muertos. Un dolor, una anécdota, una frase dicha, un regaño, muchas enseñanzas, una herencia o quizá...

23 de agosto, 2016
RHT
royal_albert_hall

Casi todos tienen un recuerdo de sus papás, vivos o muertos.

Casi todos tienen un recuerdo de sus papás, vivos o muertos. Un dolor, una anécdota, una frase dicha, un regaño, muchas enseñanzas, una herencia o quizá no tengan nada; yo tengo del mío, una mirada como fotografía, una imagen muda llena de significado que no puede imprimirse ni se puede escuchar.

Hace mucho tiempo guardé las únicas dos fotografías en papel que tengo de él. No necesito verlo para recordar una mirada de grandes ojos negros, una sola, cierta, exacta, única y perfecta que lanzó por el viento cruzando una alberca durante una competencia de natación, la que pudo haber sido mi última y también mi última entrada en una alberca.

El cuerpo de la chiquilla de entonces, era el de una atleta, no de una adolescente menudita y delicada, en ese tiempo “me hacían burla” por gorda, grandota, tosca, intempestiva, brusca, hasta me gritaron “marimacha”. Quise dejar la natación por eso y creí que la gimnasia olímpica me haría una mujercita linda y femenina; la verdad es que seguí siendo igual; ni la natación me hizo tosca y atrabancada, ni la gimnasia me hizo linda y tierna. Él sabía que yo era así, muy mujer con todo lo que una mujer no es, quizá sabía que solo así podría vivir sin que él me tuviera que acompañar, porque sabía que no estaría cerca muy pronto.

Arriba del banco de salida la prueba de 200 metros mariposa (sola, no había niñas que compitieran en esa prueba) preparando mi respiración, brazos, piernas; acomodé mis goggles y en posición de salida, lo busqué entre la gente para encontrarme con su mirada.

El hombre alto, delgado muy derechito con aroma a English Leather, tenía su cara levantada, una enorme sonrisa y la mirada en sus grandes ojos negros me lo dijo: -"Así de valiente te quiero, así de grandota eres la mejor ¡esa es mi hija!"- quise pensar que dijo – y esa, su mirada, ha sido la herencia mayor que dejó en lo más profundo de mi ser y con esa única fotografía en mi mente, me aventé de clavado a vivir.




"La natación y el inglés van a sacarte de apuros"- me dijo días antes de morir.

La natación y el inglés me sacaron de apuros –digo muchos años después- Tú no lo sabes, me hicieron, además, aprender de cada una de las personas que confiaron su existencia en mis manos.

Y también -te digo- la natación me quitó migrañas que azoraron tiempos, me sacó del apuro emocional y me hizo saber que, si podía enseñar a nadar a un pequeñito, podía fácilmente enseñarme a mí misma a nadar por la vida, en el agua, fuera de ella, tras todas las puertas cerradas y de frente a las abiertas.

Porque siempre han sido mi fascinación el agua, las ruinas, las cárceles, los bosques silenciosos, la soledad, el silencio y las puertas; para cada una de esas fascinaciones tengo una historia vivida a placer; las puertas, las abandonadas de bisagras oxidadas, de candados cerrados y maderas resquebrajadas.

He sentido, tocado y olido cientos de puertas, recuerdo las de una iglesia, en la que solo había moho y ramas sobre las bancas olvidadas en un pueblo casi fantasma sin nombre sobre la carretera entre las pirámides de Edzná y Champotón, sus puertas abiertas de par en par dejando ver los cielos verdes y las paredes húmedas, como si de pronto todos hubieran salido en estampida hace siglos dejando sus misales sobre la banca olvidando cerrar la iglesia.

Nunca hubiera pensado en una puerta moderna y mucho menos hacer con ella una comparación de momentos, ciclos y etapas. De pronto se me ocurre recordar una puerta de cristal, de esas que tuvieron hace poco los bancos; la primera se cierra detrás de uno y encerrado en un minúsculo rectángulo se escucha la voz “espere a que cierre la puerta”; una vez cerrada y escuchado el seguro automático, la puerta enfrente se desbloqueaba “empuje por favor, bienvenido al banco”. Entonces era que se podía entrar, o salir según era el caso. Si una puerta no se cerraba la otra no se abría. Y esta es la metáfora que puede ser utilizada para seguir el camino o detenerlo.

Estuve, hace tiempo, atorada entre dos puertas sin dejar que una cerrara por completo, fue como haber estado deteniendo una con el pie y, aunque alcanzara a empujar la de enfrente, ésta tenía seguro y no se iba a abrir solo porque yo la empujara; se me cansó el pie y decidí quitarlo definitivamente de la puerta atrás de mí.

Como instructora de natación, ya el agua, en las albercas de mis vidas cumplieron su tiempo y su espacio conmigo, el aula escolar bilingüe también y sí, tenías razón, me sacaron de apuros. Las clases ya no serán, entendí el lenguaje de mi cuerpo y mi cerebro, dicen que terminó y a ti, en tu más allá, te digo que el apuro fue superado de muchas formas, gracias por la advertencia.

Aunque, por un par de días me sentí desolada como si lo único que tuviera fuera eso y un eco retumbaba haciéndome dudar; recordé tu mirada y dejé que las horas y su noche pasaran como pasa un vendaval.

La puerta se cerró y la otra se abrió sola y ahí estaba todo esperando, ahora yo espero para cumplir cabalmente con las asignaturas que llegan y hacerlas crecer, ¿el agua? esa siempre estará solo por el placer de sentirme libre en donde no se puede respirar igual.

Las puertas son eso, una fascinación porque nunca se sabe qué hay detrás de ellas y la mirada en la fotografía de la memoria, el mensaje más certero que siempre tiene voz. 

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