Un vals para Navidad

Villa Hortensia: mansión Patrimonio de la ciudad de Rosario, es asiento del Distrito Municipal Norte. Villa Hortensia: mansión Patrimonio de la ciudad de Rosario, es asiento del Distrito Municipal Norte.De cada uno de sus rincones emanan fantasmas...

20 de diciembre, 2016
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Villa Hortensia: mansión Patrimonio de la ciudad de Rosario, es asiento del Distrito Municipal Norte.

Villa Hortensia: mansión Patrimonio de la ciudad de Rosario, es asiento del Distrito Municipal Norte.
De cada uno de sus rincones emanan fantasmas que nos cuentan historias del siglo pasado.

María Hortensia había nacido en una familia muy humilde, en las zonas del arroyo del Saladillo, al sur de la ciudad. Era la hija menor, única mujer, de un matrimonio simple, encerrado en sus afanes y sus preocupaciones para criar a sus seis hijos, hacia finales de los años treinta. Su padre, don Ersilio, trabajaba de sol a sol como ciruja en el famoso frigorífico de la zona quitando afanosamente la carne de los huesos de cerdo para procesarla como fiambre, de allí su nombre de ciruja porque procedía como un experto cirujano con el bisturí. Su madre, doña Herminia, era modista costurera con cierto prestigio por sus labores prolijas y creativas, por lo que en algunas oportunidades, sus servicios eran requeridos por alguna distinguida dama de la alta sociedad, quien tomando precauciones, llegaba con su chofer hasta la humilde barriada.

A María Hortensia le gustaba espiar cuando venían esas elegantes señoras, con su halo de exquisito perfume y su aura de señorial poderío. Cuando se iban, se paraba frente al enorme espejo oval rebatible de la pieza de costura de su madre, entornaba sus ojazos violetas –una tía solía contarle que su bisabuela, allá en Yugoslavia, tenía los mismos ojos almendrados, intensos, extrañamente violetas-, se recogía sus enmarañados cabellos castaños con tintes rojizos en un improvisado peinado, danzaba al compás de una imaginaria canción romántica y soñaba. ¡Vaya si soñaba!

A veces sus padres la espiaban y sentían remordimientos por no poder brindarle un destino mejor que el que se vislumbraba en esos oscuros arrabales.

Quiso la suerte, o el destino, que a la humilde escuela primaria a la que asistía, llegasen becas de parte de los dueños del frigorífico, para que los mejores alumnos estudiaran en los colegios del Centro dependientes de la Universidad, prestigiosos por su nivel académico. Y María Hortensia fue una de las elegidas. Con sus trece años, muchos deseos y algunos miedos, empezó en el Superior de Comercio su escuela secundaria.




Algo tímida, algo retraída, observaba atentamente a sus compañeros, su lenguaje, sus modos, su ropa, sus costumbres, sus formas de comunicación. Y despacito, con esmerado cuidado, se fue insertando en los grupos como una adolescente más, ocultando los sellos de ese otro ambiente humilde en el que se había criado.

Se destacó prontamente por sus virtudes intelectuales. Participaba en las Justas de Saber. Hacia finales de año, cuando todo el Colegio se alborotaba con los torneos de Pelota al Cesto, Voleibol y las disciplinas olímpicas, ella se encerraba y sólo miraba.

El 30 de octubre, casi al cierre del ciclo escolar, eran las finales olímpicas de los Colegios de la ciudad en las instalaciones del Club Gimnasia y Esgrima. Con algo de recelo, y acuciada por sus compañeros, decidió asistir.

Guardó su timidez, su sensación de no pertenecer, y sus dieciséis años le pintaron fulgores en la mirada.

-¡Alfredo, Alfredo!- era el grito de ovación repetido del Instituto Politécnico a su triple campeón de lanzamiento de disco, de jabalina y de salto en garrocha. Su cabello rubio y sus ojos pardos, parecían relucir más con los triunfos y con el brillo del sol, su estirpe dada por sus gestos, su estatura, su cuerpo torneado, sus aires de ganador, eran la imagen adecuada para tantos halagos recibidos.

María Hortensia lo miraba desde lejos, se sentía atraída, como casi todas, por ese muchachote triunfante y seguro de sí, simpático, arrollador, que repartía saludos y abrazos por doquier con galantería y distinción.

-¿Quién es esa belleza de ojos violetas?

-Es del Colegio Superior. Es amiga de mi hermana, si quieres te la presento. Es un poco callada, pero muy bella persona.

-María Hortensia.

-Alfredo, para servir a tan bella dama- Ella sintió un escalofrío en su ser, era demasiado atractivo. Él, un hormigueo en su cuerpo, era demasiado bella.

Y ya no se separaron. Compartieron los halagos de esos triunfos, los brindis y agasajos a los olímpicos, el baile de finalización del evento.

-Deseo seguir viéndote.

-No sé si mis padres me lo permitirán, son muy estrictos, no me dejan salir sola con jóvenes.

-Iré a presentarme a ellos y solicitaré su permiso.

Y así fue que las calles y plazas de la ciudad, su bello Parque de la Independencia, su costanera que empezaba a ser popular, los vieron pasear. La Bola de Nieve, la aristocrática casa de té a la que asistían los socios del Jockey Club, fue testigo de numerosas meriendas compartidas a five o´ clock, de los primeros arrumacos y los primeros besos robados en un rincón.

Pasaron dos años…

-María Hortensia, un chofer te recogerá a las veinte. Pasaremos Navidad con mis padres.

Y a las veinte en punto de la Nochebuena, ayudada por un chofer de guantes blancos, subió con su vestido largo rosado de amplio escote y ancha pollera, con puntillas y bordados en pedrería –esmero muy especial de su madre– al Pontiac Convertible modelo 1939, delicia de su novio. Con un cuidado andar, recorrieron la ciudad, desde los suburbios del sur a las mansiones del norte. En un momento, el chofer detuvo el auto, se bajó y, con suavidad, le dijo que debía cumplir una orden del señor: le vendó los ojos con una fina tela. María Hortensia tembló, pero quedó expectante. El Pontiac retomó la marcha y a las pocas cuadras se detuvo. Le llegó desde lejos una suave melodía de violines  y sintió en la suya la mano segura de Alfredo que la ayudó a descender y le quitó con cariño la venda.

Lo que apareció frente a sus ojos, no lo podía ni siquiera imaginar: una enorme mansión iluminada rodeada de jardines y plantaciones frutales. Quiso fijar su vista en un punto y encontró el aljibe, estilo del pintoresquismo, enclavado en medio de las flores y los árboles.

-Este será nuestro hogar, comienza a disfrutarlo- y tomada de su brazo, atravesó por primera vez ese enorme portal de rejas ornamentadas igual que el aljibe. Y el sueño empezó a andar sus primeros pasos.

Con alegría, seguros de su amor, subieron las enormes escalinatas de mármol blanco, rumbo al hall de recepción. Sintió que desde el balcón del primer piso que asomaba  a las escalinatas, la observaban. Sabía que estaba pasando la primera prueba, pero lo miró a Alfredo, sintió su firme brazo en la cintura y su cálida mirada y supo que todo iba a estar bien.

En el amplio hall, coronado por excelsas pinturas en su cielo raso y una imponente araña de decenas de luces, tuvo las primeras presentaciones. Lució bella y cálida, con esa mezcla de timidez y seguridad que junto a las chispas violáceas de sus ojos, eran su mayor atractivo. Mientras se escuchaba la música de un piano con popurrí de canciones del modernismo, piezas clásicas y villancicos que llegaban de la sala ubicada a la derecha del hall, conquistó la admiración de los familiares y los caballeros y alguna ligera envidia de las señoritas que hubiesen querido ocupar su lugar.

Pasaron al gran salón, los esperaba un aperitivo y de allí, por una sala con un dintel con un arco tallado en madera que sostenía un suntuoso cortinado rojo, a los jardines, donde ubicados en mesas de hierro forjado, compartieron la recepción de la velada con exquisitos bocaditos.

El comedor los recibió con pinturas europeas en sus techos con motivos alusivos al ambiente, su piso de pinotea, sus paredes recubiertas de madera torneada, sus puertas con vidrios cincelados que comunicaban a todos los ambientes y su enorme mesa acorde al protocolo de la celebración navideña, tendida con buen gusto y calidez. Un dúo de guitarras acompañaba con canciones de Don Atahualpa Yupanqui, célebre folklorista argentino y peregrino en Rosario, que gustaba andar en las fiestas en la mansión.

Como era celebración de Navidad, los hombres no abandonaron en esa ocasión la mesa como lo hacían habitualmente para tomar su copa de cognac en la contigua sala de billar.

La música convocó a las parejas a danzar en el Salón. Un vals vienés resonó con románticos y potentes acordes. Todos hicieron una enorme ronda y en su centro María Hortensia y Alfredo danzaron los primeros pasos de su vida en la mansión. La admiración tiñó los ojos de las amistades asistentes, había alas en los pies de esa pareja que trasuntaba amor. Pero ellos sólo se pertenecían uno al otro, como si cada nota del vals de su primera Navidad en la casona vibrara en cada molécula de su ser para amar y pertenecer al otro en una promesa para toda la vida. Sellaron la música con un beso, que desbordó la pasión que sentían. El esplendor de la villa y el suyo propio, ya eran uno y para siempre.

Luego el baile se hizo colectivo, ellos se destacaron por su alegría y sus dotes de anfitriones. Se vislumbraba, desde ese primer momento, la época feliz y suntuosa, plena de bellos momentos, de reuniones, de algarabías, que iba a reinar entre esas paredes de la suntuosa villa.

Pasó toda una vida en la enorme casona. Su esplendor sigue casi intacto en los detalles y en los recuerdos, en cada obra de arte y en cada suspiro, en cada detalle arquitectónico y en cada sonrisa de la familia.

Con sus 84 años, en la renovada Navidad, María Hortensia hamaca a su bisnieta de igual nombre recién bautizada en la Capilla de la mansión, la que desde su casamiento con Alfredo, todos la conocieron con su nuevo nombre: Villa Hortensia. Mientras los invitados celebran en el Salón, en el que tantas veces fue su reina anfitriona, entorna los ojos y le parece sentir aún el abrazo de Alfredo cuando la presentó en aquella fiesta de Nochebuena, su sonrisa entregada cuando en una brillante fiesta con la mansión toda iluminada anunció su casamiento, cuando vio corretear en el patio central del primer piso, al que daban todos los dormitorios, a sus nueve hijos, cuando en ese acogedor lugar, con el gorjeo de exóticos ejemplares en la pajarera, desayunaban y organizaban el día. Cuando en las cálidas noches de verano, gustaban subir a la azotea a admirar la noche de la ciudad que iba creciendo alrededor de la enorme plaza de cuatro manzanas en el barrio Alberdi y en la margen de ese Paraná que empezaba a vislumbrarse como el gran motor de la región por su navegabilidad. También recuerda la fascinación que siempre le produjo esa enorme torre decorada a la europea, que se ve desde toda la mansión y sus alrededores y a la que en algunas oportunidades, por su larga escalera de caracol construida en hierro forjado, le gustaba trepar para adivinar allá a lo lejos la pujante y creciente actividad en las islas.

Le parece escuchar esa música de violines cuando vio la mansión por primera vez y los acordes de aquel vals vienés bailado en su primera Navidad, cree percibir con igual intensidad los aromas de los azahares y de los jazmines que llegan desde las plantaciones y las pérgolas de los enormes jardines. Siente en todo su ser ese amor de Alfredo y hasta escucha su voz que la llama. Y sabe que su amor por él sigue intacto en su corazón, y renovado en cada acto de fe de su numerosa familia y en cada Navidad.

-Mi pequeña María Hortensia, que tu destino sea tan brillante y feliz como el mío- y se funde con la pequeña en un abrazo…  el último…

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