“La buena educación es sinónimo de buena cuna y no de conocimientos; viene con el paquete heredado y no con el aprendizaje que se obtiene en la escuela”, escribe Ricardo…
“La buena educación es sinónimo de buena cuna y no de conocimientos; viene con el paquete heredado y no con el aprendizaje que se obtiene en la escuela”, escribe Ricardo Raphael en el capítulo que versa sobre la educación en su estupendo libro Mirreynato: la otra desigualdad. El apartado Mala educación, no tiene desperdicio. Es una profunda y bien documentada investigación que revela cómo y en dónde se educan las elites que gobiernan a México. De entrada relata que a un joven -futuro heredero de una empresa importante- le sugiere un profesor de las escuelas de los Legionarios de Cristo, que estudie derecho para dirigir la compañía. El joven, tajante, le responde que contrataría abogados chingones para que hagan la chamba y le ofrece a su tutor, para que sepa con quién trata, contratarlo desde ya, si quiere.Ante el dinero y el poder, no hay saber ni méritos que tengan valía.
Este pasaje retrata a nuestro México. Las elites desprecian a todoaquel que no sea de su clase. Revela que la educación no es el medio por excelencia para la movilidad social, ni tampoco el mérito. El país está congelado: la cuna, el origen de la persona, determina su futuro: el jodido así se queda. La herencia lo es todo. Muy pocos logran subir a los peldaños superiores de la escala social. El texto también muestra otro lado obscuro de las elites dirigentes: a la escuela van a relacionarse con los de su clase para establecer o reforzar lazos o conexiones. Para cursar las materias contratan a personas que les hagan sus tareas o de plano sobornan al profesor o al mismo centro escolar. Los valores que aprenden en su paso por la escuela son impunidad y corrupción, que a la postre perpetúan los privilegios y la desigualdad. Raphael nos acerca, con esta descarnada imagen, a quienes dirigen a nuestro país.
“Si, como se viene señalando a lo largo de todo el libro, el mérito y el esfuerzo son inútiles para mejorar la posición social, ¿por qué estudiar sería relevante?”, pregunta el autor, y añade: “Si los roles de éxito, según las revistas de sociales, los programas de televisión y la mitología de mi comunidad son personificados por aquellas personas que lograron reconocimiento gracias a razones desconectadas con su desempeño escolar, ¿por qué valorar el salón de clases?” En suma, añade páginas adelante, “México exhibe uno de los indicadores más bajos de correlación entre ingreso, educación y movilidad social”. La crítica a las clases dirigentes es un ejercicio esencial para comprender nuestro atraso, la violencia y el crimen que nos asuelan. El cambio debe pasar por la reforma de nuestras elites. Tremendo desafío. ¿Es posible?
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