Hace algunos años el Dr. Atul Gawande y yo coincidimos en un vuelo Phoenix – New York, fue uno de esos vuelos tan accidentados que uno no desea repetir, sin…
Hace algunos años el Dr. Atul Gawande y yo coincidimos en un vuelo Phoenix – New York, fue uno de esos vuelos tan accidentados que uno no desea repetir, sin embargo desde que nos presentamos hubo cierta empatía que posteriormente nos permitió enfrascarnos en una animada charla que nos hizo olvidar el tiempo y la tormenta. Hablamos de todo, de los sistemas de salud, de las políticas de la industria farmacéutica, la llamada asistencia social etc. Sin embargo el tema que nos absorbió fue la obsesión del ser humano anciano por conservar la vida. Lo cierto es que nadie quiere morir pero eso es inevitable, la ciencia y tecnología modernas han encontrado una puerta falsa que prolonga la vida, pero no ofrece la calidad digna de nuestras aspiraciones. El proceso del envejecimiento está escrito en nuestra herencia biológica que tarde o temprano nos alcanzará con una serie de deficiencias en nuestra locomoción, errores metabólicos, anormalidades en nuestros órganos y sistemas que a la postre nos conducirán a un colapso orgánico general. Solo podremos superarlos si mantenemos un espíritu de subsistencia y podemos costearnos las medicinas y los tratamientos para atender las dolencias más inmediatas.
Otros protagonistas de este difícil problema son los médicos, que en un afán por prolongar la vida de sus pacientes, ofrecen falsas esperanzas y panaceas inexistentes que ellos saben no funcionarán. Sólo prolongarán una vida sin calidad donde el calvario de muchos empezara con abundantes medicinas que cambiarán la realidad del paciente y lo intoxicarán lentamente a través de los llamados efectos secundarios y los tratamientos drásticos que muchas veces son más dañinos o agresivos que la misma enfermedad. Imaginemos a un enfermo de cáncer en etapa media o terminal que es sujeto a tratamientos de radio o quimioterapia. La respuesta no será si podrá curarse, sino si podrá soportar los efectos secundarios del tratamiento. Muchos efectos secundarios provocan incontinencias que no solo alteran la calidad de vida sino que se convierten en una pesadilla emocional que termina por aislar al paciente a un confinamiento más dramático.
¿Es esto necesario?, obviamente, el paciente no se beneficia con este tipo de tratamientos.
¿Qué hacer, entonces? El Dr. Gawande nos describe su respuesta en un libro que acaba de publicarse, Being Mortal and What Matters in the End, es una obra extraordinaria para alguien que quiere pensar acerca de este tema que aun se considera un tabú en el medio latinoamericano. Ofrece una serie de alternativas que se practican en algunos países europeos y solo en dos estados de la Unión Americana. Personalmente considero que es mejor estar preparados cuando tengamos que afrontar este tipo de decisiones
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