Soledad

En esta celebración del Día de los fieles difuntos un recuerdo para mi padre (1924 – 1998) que marcó mi vida… En esta celebración del Día de los fieles difuntos un recuerdo para mi padre (1924 –...

31 de octubre, 2017
RHT
soledad

En esta celebración del Día de los fieles difuntos un recuerdo para mi padre (1924 – 1998) que marcó mi vida…

En esta celebración del Día de los fieles difuntos un recuerdo para mi padre (1924 – 1998) que marcó mi vida con principios, valores, afectos…

La niebla terminó por ahogar el sol. Desde el alba al crepúsculo, a la débil luz de un escaso brasero, el viudo sentó su soledad.

Nunca estuvo solo. No sabe estar solo. Desde su escuela secundaria Delia fue su amiga, su novia, su esposa, su compañera. Y ya no está.

Ni la compañía de sus amigos, ni las charlas de café, ni las exigencias de los hijos, ni la algarabía correntosa de sus nietos, logra hacerle esquivar esa niebla que se le mete por el alma, le estruja las entrañas, se le hace ácido en la boca, lágrimas emergiendo suaves y monótonas. Sólo escucha voces calladas, palpa vacíos, ausculta sombras, saborea sinsabores.

Se sienta al lado del teléfono. Ese viejo y negro aparato con el que compartió arrumacos. Lo acaricia, se lo cuelga en el pecho, se enrosca en su cable espiralado. La voz de ella no está, apenas el soplido de un recuerdo sonoro, más imaginado que percibido.




Abandonándose sin pudor a las tristezas, busca el viejo cofre de las cartas de amor. Ve la letra varonil de él y la chiquita, femenina, dibujada de ella en los sobres con extrañas estampillas, las acaricia. Enreda los trazos en sus dedos, las palabras en su mente, los recuerdos en su ser.

Ansía que pronto llegue la hora de los encuentros infinitos e inciertos. Busca en la cama matrimonial su perfume, su hueco, su aliento, sus rezongos. Sólo nada. Enrosca entre sus dedos la cadenita de oro con la medalla de la Virgen que le había regalado y que sólo le quitaron cuando entró a terapia. No sintió el frío del metal, él estaba cada vez más frío. No sintió la dureza del metal, estaba sin sentidos.

-Mi Delia…- y el suspiro esculpió de ébano sus músculos inertes.

 

Siempre estás

 

En un mismo cielo que lucha

realidades.

En la vida en círculos, en espirales,

lineal y concéntrica.

En luces y sombras,

en transparencias y opacidades.

Oscuro sublime vital molecular

eterno.

Estás ahí.

Sin alas volátil lábil incandescente

etéreo..

En la brisa y en el alma.

Siempre estás.

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