Sofía del tiempo

Las libretas son una oportunidad, son un armario o un cajón. Las libretas son una oportunidad, son un armario o un cajón. Quietas, formaditas de pie en un estante, dormidas una sobre la otra en una repisa...

6 de junio, 2017
RHT
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Las libretas son una oportunidad, son un armario o un cajón.

Las libretas son una oportunidad, son un armario o un cajón. Quietas, formaditas de pie en un estante, dormidas una sobre la otra en una repisa enredando sus espirales. Alojan, cada una, diferentes secretos, divertidos desordenes o breviarios sin terminar y en alguna hoja, guardan el número de teléfono de quien no se escribió el nombre, también hay rollitos y círculos de tinta. Son las libretas, tesoros para unos, vagos recuerdos para otros y son, el paso del tiempo en hojas para todos.

A mí me provocan esa sensación de júbilo casi descontrolado, como la que siente un niño cuando abraza un juguete nuevo. Las libretas nuevas me causan mariposas en la panza porque me emociona imaginar qué habrá en mi pensamiento que pueda ser plasmado en sus hojas y me llena de satisfacción cuando ya no tengo espacio para escribir.

Por otro lado, las bolsas estilo costal, son como puertas de entrada a un lugar fantástico, ahí se guardan las libretas y las plumas y los libros que me acompañan a todos lados hasta que el costal se rompe, las hojas de las libretas se llenan de letras y la tinta de las plumas se acaba.

No siempre vi las emociones a colores y menos lo imaginaba en una personita de ocho años. La vida tiene eso, una especial forma de regresarnos en el tiempo para enseñarnos lo bonito que fuimos cuando niños.

Se llama Sofía, tiene ocho años y nos conocimos hace unos días. Aunque yo supe de ella desde que nació, la conocí a través de las sonrisas, las palabras y la fascinación de su abuelita, nos contaba que su Sofi es una niña muy linda, especial, rara y diferente. Me gustó lo que dijo porque a mí me gusta la gente linda, rara y diferente.




Es fácil darse cuenta cuando los mayores saben hablar bonito de las personas que sus hijos no conocen. Sofía llegó de prisa a sentarse junto a mí, me dijo que su abuelita y sus papás le habían contado que yo escribo cosas y leo muchos libros. Yo también -me dijo- leo y escribo, me invento cuentos y… -se interrumpe- ¡me gusta tu bolsa! ¿qué guardas? Libretas, plumas y libros -le dije sacando las cosas y poniéndolas sobre la mesa. Sus ojitos no podían brillar más. Me contó de sus premios en la escuela por ser lectora, de sus concursos de spelling bee y de sus esfuerzos para no dejar de hablar bien el español. Leo en español y en inglés también, me gustan más las palabras en español -me dijo.

En el paseo por la plaza Don Vasco de Quiroga, busqué un costal igual al mío para regalarle a Sofía. La lluvia amenazaba, el granizo empezó a golpear los puestos de artesanías y los vendedores se apresuraban a guardar su mercancía. Alcancé a jalar una bolsa antes de que el marchante se la llevara y pagué. ¡No tengo cambio! -gritó el joven, mientras corría empacando las cosas. Yo la pago -dijo mi tía. La intención es la misma, un costalito para Sofía.

A su encuentro en mitad de los portales, la niña estaba emocionada abrazando algo, en ese momento, otra tía se acerca y me regala una libreta con pastas de madera que en su portada tiene pirograbada la fachada de un edificio colonial y brinco de gusto al verla. Saqué después el costalito y se lo di a Sofía. ¡Mi costal! ¡mi costal! -gritaba brincando y guardó en la bolsa lo que había estado abrazando, una libreta igual a la mía que su mamá le acababa de comprar.

Nos colgamos nuestro costal a la espalda y caminamos juntas. Yo le di la mano a mi pasado y ella, espero que se haya aferrado a un futuro prometedor, no de mi mano, si no de la vida llena de rarezas y diferencias que con seguridad la harán una niña muy feliz.

Esta libreta, la que me regalaron a mí en medio de la plaza la estreno hoy, ya lejos de Sofía y muy cerca al mismo tiempo, porque las letras acortan distancias. Ella estrenó la suya durante una fiesta, cuando bailando entre los adultos, de pronto dijo: ¡tengo una idea!, corrió, se fue a sentar, sacó del costal su libreta nueva de pastas de madera y se puso a escribir.

Es el tiempo travieso que tiene la amabilidad de regalar reflejos de la edad pasada en el brillo de los ojos de una niña muy presente. Vivir atento, hace que uno se vea en los momentos y le debemos también, la amabilidad de agradecerle a tiempo su osadía.

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