El ánimo de la mayoría de los analistas políticos y económicos se ha tornado en desánimo. La circunstancia que vive México en política y en economía parece avalar esa especie…
El ánimo de la mayoría de los analistas políticos y económicos se ha tornado en desánimo. La circunstancia que vive México en política y en economía parece avalar esa especie de desesperanza que se percibe en lo que escriben y comentan. Veamos sus razones: los políticos, salvo casos excepcionales, se empeñan en destruir a la muy enclenque democracia mexicana. Los partidos son un club de familiares y de amigos. Es así como cierran el sistema político y se congela la movilidad de las elites gobernantes. El Congreso de la Unión se parece cada vez más a una cueva de ladrones, y legisla a favor de las elites, acentuando desigualdad e injusticia. Los gobernadores son señores feudales, dueños de las vidas y haciendas de sus súbditos y frecuentemente cogobiernan con el crimen organizado. Los alcaldes son delegados de los gobiernos estatales y los congresos locales son las cañerías de la política local.
La clase gobernante está podrida y está envileciendo a la política:tiende a cerrar las vías de renovación pacífica del régimen. ¡Qué peligroso! Y “no entienden que no entienden”, así lo sugiere su cinismo y desparpajo: les tiene sin cuidado que su boato insulta a un pueblo que en su mayoría carece de lo elemental. De acuerdo con el Coneval, casi 25% de los mexicanos padece inseguridad alimentaria; los jefes de hogar sin derecho a seguridad social llega a 71.8%; la tasa de informalidad de los trabajadores alcanza 58% de la población activa; el ingreso de las familias ha retrocedido en dos décadas; el crecimiento promedio anual del PIB per cápita es de 1.2% desde 1993; el porcentaje de personas cuyos ingresos no les alcanzan para cubrir sus necesidades elementales es de casi 52%, es decir, 60 millones 600 mil mexicanos.
El modelo económico fracasó, de acuerdo con estos datos. Ni siquiera los trabajadores de las industrias exportadoras exitosas se han beneficiado de la bonanza de las empresas en que laboran. Tal es el caso de la industria automotriz: el salario promedio de los mexicanos, con una productividad incluso mayor a los de sus pares en Estados Unidos y otros países es 50% inferior, y en algunos rubros aún menor. ¿Qué hace la elite gobernante para hacer compatible productividad con ingresos? Nos receta una reforma laboral cuya virtud es acabar los empleos con más de cinco salarios mínimos para convertirlos en trabajos de tres salarios. Quizá el fin de la bonanza petrolera y la ruina de Pemex por fin despierten a las elites de su ensueño: ¿de dónde saldrá el dinero para mantener derroche y clientelas que dan vida al statu quo? ¿Permitirá la sacudida que viene transformar el sistema político?
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