Rubio se murió

Caminaba lento y nunca dejó de pasear sus calles, nunca dejó de detenerse en las esquinas para cruzar la avenida. Caminaba lento y nunca dejó de pasear sus calles, nunca dejó de detenerse en las esquinas para...

1 de septiembre, 2017
RHT
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Caminaba lento y nunca dejó de pasear sus calles, nunca dejó de detenerse en las esquinas para cruzar la avenida.

Caminaba lento y nunca dejó de pasear sus calles, nunca dejó de detenerse en las esquinas para cruzar la avenida. Rubio, con 19 años, no camina más.

Cuando la mayoría de las actividades están cerca, caminar o andar en bicicleta es siempre una aventura. Hay mucha gente que hace lo mismo y nos encontramos tantas veces que parece una familia, la familia de la calle y nunca se sabe en donde vive cada uno y a veces ni el nombre conocemos.

Hace mucho tiempo, todos, en las cuadras cercanas, teníamos un cachorro o dos, o tres y paseábamos con ellos o nos contábamos que teníamos uno en casa, casi todos callejeros rescatados y adoptados. Callejeros como todos los que caminamos y que rara vez nos trepamos a un automóvil, estando todo tan cerca, no hace falta.

Pasados los años, hoy todos tenemos perros que se hicieron viejos -también nosotros, aunque no se note tanto como a los perros- en los últimos meses, esos caminantes que saludo siempre, y yo misma, nos hemos encontrado con la misma historia, los perros se hacen viejos, están enfermos o ya se murieron.

¡Ay, cómo duele que se mueran las mascotas! Es una ausencia rara muy diferente a la ausencia de los humanos. Hoy encontré a don “alguien”, (no sé su nombre) el dueño de Rubio que saludo siempre y fue extraño verlo sin su perro, dudé en preguntar, me parecía que ya se había ido y preguntar era imprudente.




Mi Rubio se murió, amiga –dijo cuando lo saludé. Ni se puede decir nada, el hombre dejó salir unas lágrimas. Dijo que estaba muy triste, que Rubio se despidió de él hace dos noches. Me contó que dos meses atrás, Rubio se salió de la casa y caminó hacia un lote baldío, el hombre lo siguió y vio que Rubio “hablaba” con alguien, unos minutos después, regresó acompañado de un perrito joven, muy parecido a él y lo llevó a la casa. El señor lo dejó entrar y supo de inmediato, que Rubio ya estaba listo para morir y que había llevado a ese otro perro para dejarlo acompañado.

El nuevo perro joven, “Flaco” hace las veces de Rubio, ya conoce el ir y venir del dueño y ha ocupado en algo el hueco que el anciano Rubio dejó, con todo –dijo el señor– esta tristeza no se me quita y cuando me siento bien, pasa alguien y me pregunta por el perro y mire, aquí me pongo a lagrimear otra vez.

A mí me duele muchísimo cuando la gente se muere y es extraño, el dolor no dura tanto como el dolor de perder una mascota. Ha de ser porque un humano dice lo que siente, se despide, habla de sus pendientes, agradece, pide perdón y en la medida de lo posible ayuda a que los deudos no se queden con tanta pena. Una mascota no dice nada, no se sabe si le duele algo, si les da asco la comida o la medicina, no se sabe si quieren compañía o quieren estar solos. No se sabe si ya no quieren volver al veterinario, no se sabe nada. Por mucho que conozcamos a nuestras mascotas, no es fácil entenderlos cuando es su hora de partir.

Se dice que una mascota busca un rincón solitario para morirse y no lastimar a sus dueños, y a los dueños nos cuesta mucho dejarlos solos. En casa, hemos pasado por varias muertes de perritos que hemos recogido de la calle. En total fueron 27 perros que encontramos y de manera temporal, los tuvimos mientras se recuperaban de alguna enfermedad, pulgas o sarna, cada vez que se iba uno en adopción, era un desprendimiento de emoción casi triste.

Se quedaron de forma permanente tres de ellos y como la canción, ya solo nos queda uno, el Mocko. La Lola, que vivió casi 20 años, se fue hace dos, aunque a veces parece que anda por ahí. Y apenas el pasado julio se fue la China después de 15 años de compañía, diversión y enseñanzas. A Lola le escribí algo en su momento y a la China había querido escribirle y no podía pasar de tres renglones en mi libreta. Es que China era un pedacito yo, y con su partida me quedó un horroroso dolor de perro ausente.

Después de todo, ¿qué es un perro? ¿Quién es el perro que nos toca conocer? De alguna manera somos nosotros en ellos, siempre hay un reflejo importante que ningún espejo nos muestra, ese reflejo parlanchín está en los ojos, en la mirada de nuestro perro y si sabemos ver, nos vemos.

La China dejó de comer y se escondía en su cobija cuando yo me acercaba. No, no quise hacer caso a eso que dicen, que los perros se quieren morir solos para no lastimarnos. Por eso tengo dolor de perro ausente y ese señor, el dueño de Rubio también se sentía igual que yo, igual que nosotros en casa, igual que tantos vecinos que han perdido a sus mascotas.

En la calle, me sigo encontrando a aquellos que un día pasearon con sus cachorros y pasado el tiempo, nos encontramos para decirnos que tenemos dolor de perro ausente. Y porque Rubio se murió, China ya tiene sus letras.

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