Qué hacer cuando la crisis del cuarto de vida ataca. No, en serio, ¿qué hago?

Mi mejor amigo, M., me decía el otro día “te calmas, todavía no tienes veinticinco”. Pues son 12:59, oficialmente tengo 25 años y este es… Mi mejor amigo, M.,  me decía el otro día "te calmas, todavía...

11 de mayo, 2015
RHT

Mi mejor amigo, M., me decía el otro día “te calmas, todavía no tienes veinticinco”. Pues son 12:59, oficialmente tengo 25 años y este es…

Mi mejor amigo, M.,  me decía el otro día "te calmas, todavía no tienes veinticinco". Pues son 12:59, oficialmente tengo 25 años y este es mi mayor logro hasta ahorita: ver todos los episodios de una serie en menos de un mes. En realidad no es que uno se despierte el primer día de sus veinticinco y automáticamente entre en la crisis del cuarto de vida. En mi caso, los síntomas son viejos conocidos míos, pero entonces no les decía "crisis del cuarto de vida", sólo adolescencia.

La gente de mi generación, refiriéndome específicamente a la de mi escuela (saludos) fue precoz hasta para equivocarse. Unos empezaban a tener hijos, algunos se casaban, o se iban a iban a vivir con sus parejas en turno y otros ya arrastraban el proverbial grillete en esas relaciones de estira y afloja. ¡Todo ese drama a los 16 o 17! Yo no me incluyo en esto porque mis errores empezaron cuando se supone que ya tendría lo más elemental bajo control.

Mientras todo eso sucedía, M., y yo nos permitíamos sentirnos algo, me atrevo a decir, superiores; no sentíamos la necesidad de querer encajar, ni nos atraía a hacer las mismas cosas que la gente de nuestra edad. No por querer ser diferentes, o por no haber sido requeridos, simplemente no nos nacía. M. podía sacar buenas calificaciones sin esfuerzo y yo era la mejor de mi generación en inglés. Eso nos daba un propósito muy claro durante esos años escolares en los que todo es blanco y negro. No puedo hablar por él, pero mi excelencia académica en inglés me hacía sentir que caminaba en agua, asertiva e intocable. Me sentía como Tony Manero, compensando mi intrascendencia con pericias en idiomas en lugar de pasos de baile y copete. Llegaba a la clase con la arrogancia de alguien que lleva la tarea de un mes adelantada y bien hecha.

La verdad es que siempre he sido una atormentada de clóset. Me daban palpitaciones si me preguntaban que quería estudiar. El "no sé" me parecía una abominación. Siempre estuve segura que quería estudiar música, el "no sé" quería decir "probablemente me van a obligar a estudiar otra cosa". Lo único peor que no conseguir lo que quería era conseguirlo. Me autoflagelaba preguntándome: “¿de qué voy a vivir?, ¿cómo voy a conseguir trabajo?, ¿es normal equivocarme en todo?”. Y así como así se plantó la primer semilla de esta crisis que, contrario a lo que crea M., no se anunció como Sergio el bailador.

De alguna manera me salí con la mía, claro que me amenazaron con desheredarme si los hacía arrepentirse, o sea que no tenía nada que perder. Poco sabía que este no era mi final feliz y que durante toda la carrera me seguirían estas preguntas como una nube negra. Ya adentro veía con amargura a los demás desfilando enfrente de mí con sus axilas malolientes y sus sonrisas babosas, tamborileando los dedos en el aire sin preocupación alguna, mientras yo sentía que la rutina de la vida universitaria no me cobijaba lo suficiente para seguir siendo la arrogantita de siempre. Eso pasa cuando se crece entre adultos, la inconsciencia nunca pudo ser una elección de vida, cualquier acto que se le pareciera venía (y viene) acompañado de esos remordimientos que despiertan a uno a las 4 de la mañana. 




Entre todos los problemas que tenía con mis maestros y conmigo misma, llegué a contemplar la posibilidad de cambiar de carrera. Pero una vida sin estudiar por lo que tanto peleé me parecía una realidad desalentadora y, para alguien que pasó la prepa con calificaciones aceptables, el futuro sólo se veía sombrío en el mejor de los casos.

Me iba a dormir llorando y en la madrugada me despertaban las ganas de querer seguirle. “¿Será que sólo estoy haciendo tiempo a que me lleve la parca?”. Pasaba más tiempo sufriendo mi carrera que disfrutándola y fingiendo que todo estaba bien mientras arrastraba en silencio una depresión extraña. Aunque creo que es más acertado decir que la depresión me llevaba arrastrada a mí. Ya ni siquiera estaba segura de querer seguir estudiando música, ni siquiera podía escuchar música para relajarme porque me recordaba a todo lo que estaba haciendo mal en mis clases.

Ahora que ya estoy más allá de los traumas generados por la vida académica frustrante y anticlimática, me doy cuenta que la situación global no ayuda a las inseguridades de la damita recién egresada, pero ahí ya entraría en temas que… si no tengo la solución prefiero ahorrarme mis quejas. Tal vez sea momento de probar suerte en la profesión más antigua del mundo, es lo que he llegado a pensar cuando veo mi currículum y me doy cuenta que he perdido el tiempo perfeccionando el manejo de otras artes menos rentables, como picar fruta en cubos perfectos y chismorrear de los asuntos personales de Frida Kahlo y Diego Rivera. Hasta M. me ha sugerido convertirme en una "acompañante", comillas exageradas y todo.

Viendo a algunas personas con las que estudié desde los tres años hasta los dieciocho, y algunos otros que llegaron en el camino, he notado que hay un trasfondo de seriedad en su comportamiento, hasta cierto punto hipócrita. Algunos permanecen igual en esencia pero para otros ha sido mejor fingir que su bandera de gente respetable estuvo ahí todo el tiempo. Yo preferí dejarme caer de panzazo sobre el agua en la que caminé alguna vez y mejor decidí desplegar mi bandera de "la zurro más seguido de lo que debería", dar consejos avalada por Casillero del Diablo y sugerir la abstinencia matrimonial usando como evidencia la trágica dirección que han tomado algunos de nuestros conocidos en común.

¿No se supone que estos son los mejores años? ¿Por qué embarazarse, endeudarse, casarse y terminar adquiriendo comportamientos de otra crisis cuando apenas podemos con lo que nos pasa? No creo que los infortunios pesen menos sólo por ser autoimpuestos. Yo sólo espero no estarme preparando para otro cuarto de vida igual a este, chula me voy a ver.

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