Pudo más el odio de Trump hacia México, que la fuerza de los huracanes

El domingo 27 de agosto, mientras Houston sucumbía al huracán Harvey, el presidente Trump no pudo controlar sus impulsos… El domingo 27 de agosto, mientras Houston sucumbía al huracán Harvey, el presidente Trump no pudo controlar sus...

5 de septiembre, 2017
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El domingo 27 de agosto, mientras Houston sucumbía al huracán Harvey, el presidente Trump no pudo controlar sus impulsos…

El domingo 27 de agosto, mientras Houston sucumbía al huracán Harvey, el presidente Trump no pudo controlar sus impulsos antimexicanos. La cuarta ciudad de los Estados Unidos enfrentaba la situación más grave de su historia, y el presidente tuiteaba contra México.

Dicen que en la adversidad la gente muestra su verdadera naturaleza y se ve quién es amigo. Bush y Obama se mostraron empáticos y comprometidos cuando tuvieron que enfrentar la devastación de Katrina y Sandy. De hecho, según encuestas, ambos presidentes aumentaron sus niveles de popularidad después de los huracanes, especialmente Obama. Tan es así que el 8 de noviembre de 2012, una semana después de Sandy, Trump, a través de Twitter, cuestionó y llamó “ridículas” a las encuestas que decían que Obama había aumentado su popularidad después del desastre natural.

No hay duda: el presidente Trump ha fallado gravemente a los ciudadanos de Texas y ha mostrado su lado más frívolo e inhumano. Los tacones de Melania es lo de menos. Mientras el agua borraba a Houston, Trump lanzó dos tweets contra México:

“Con México, siendo una de las naciones con más alta criminalidad en el mundo, debemos tener ese Muro. México pagará a través de reembolso o algún otro medio.”

Y unos minutos después:

“Estamos en proceso de renegociación del NAFTA (el peor acuerdo comercial de todos los tiempos) con México y Canadá. Ambos están siendo muy difíciles. ¿Quizá habrá que cancelar?”




El presidente Trump cree que se puede gobernar a través de Twitter, porque hasta cierto punto eso le ha dado resultados (no en el gobierno efectivo, claro, pero sí en el alboroto y efervescencia de su base de votantes). Piensa que ésto le bastará para llegar al fin de su mandato y probablemente para reelegirse. Mientras tenga el apoyo de esa base, todo irá bien para él, pero cada día son más los norteamericanos que están abriendo los ojos y se están dando cuenta de la clase de persona que es el presidente.

Ese mismo domingo, nuestra cancillería emitió un comunicado oficial en el que dio respuesta a los ofensivos tweets de Trump: México no pagará por ningún muro; los Estados Unidos son corresponsables de la violencia que se genera en México, pues –no lo dice así el comunicado, pero es verdad–, Estados Unidos es el país más narcodependiente del mundo; las armas provienen de allá; México no negocia el NAFTA ni ningún otro aspecto de la relación bilateral a través de las redes sociales. Y para terminar, México ofrece ayuda y asistencia y se solidariza con los Estados Unidos.

Trump ha guardado silencio en lo relativo a esta ayuda, y, no cabe duda, con esta actitud la ha despreciado. ¿Cómo va a aceptar la mano del tan odiado vecino? ¿Qué pensaría su base de votantes? ¿Qué van a decir sus amigos del KKK y del AltRight? Un miembro de estas organizaciones supremacistas es capaz de poner en riesgo su vida antes que aceptar la asistencia de un médico afroamericano, latino o asiático en la sala de emergencias de un hospital. ¿Por qué iban a aceptar la ayuda de quienes ellos consideran nocivos e inferiores? Y además, ¿qué tan importante podría ser esa ayuda? Nada despreciable. Veamos: en 2005, después del paso del huracán Katrina, las tropas mexicanas sirvieron alrededor de doscientas mil comidas en Louisiana, apoyaron logísticamente la movilización de ciento ochenta mil toneladas de ayuda humanitaria y ofrecieron consulta médica a miles de norteamericanos. Ese es el tamaño de la asistencia que podría ofrecer México.

Pero eso no es todo. Cuando el huracán venía en camino y se preveía la destrucción, Trump tuvo la ocurrencia de perdonar al sheriff Joe Arpaio, lo que reafirmó su compromiso con el racismo y la supremacía blanca.

En 2012 el Departamento de Justicia emitió un reporte en el que se daba cuenta de la actuación anticonstitucional de Arpaio, quien realizó cientos de detenciones ilegales en contra de latinos, sin que hubiera ninguna justificación. Todos los latinos, especialmente mexicanos, legales o ilegales, fueron tratados como si fueran criminales y recluidos en centros de detención ilegales que Arpaio denominaba orgullosamente “campos de concentración”. En esos días, se inició una demanda civil en contra de Arpaio y un juez federal emitió una orden que le impedía aplicar criterios raciales en sus redadas. Arpaio ignoró la orden y siguió con las detenciones, lo que le valió una acusación penal por desacato.

Esto es precisamente lo que Trump está perdonando (indultando): el desacato judicial. Pero este indulto, en opinión del decano de la Escuela de Derecho de Berkeley (Erwin Chereminsky, uno de los juristas más prestigiados en Estados Unidos) es sumamente peligroso, porque vulnera las facultades del poder judicial para llevar a cabo sus obligaciones constitucionales. “Un principio fundamental de la constitución –dice el decano– es la separación de poderes, que con mucha frecuencia la Suprema Corte reafirma. Es un principio fundamental que ninguno de los poderes haga inefectivos las facultades constitucionales de otro poder”.

El deán explica que Trump pidió a Jeff Sessions que detuviera las acciones legales en contra de Arpaio, y que como éste se hubiera negado, entonces aplicó el perdón, lo cual también viola el procedimiento de indulto que establecen las leyes: no es “te perdono” y ya; hay que agotar un procedimiento.

A juicio del deán de Berkeley, este perdón pone de manifiesto una crisis constitucional. Recordemos: Trump está indultando un desacato, por parte de Arpaio, a una orden judicial. Ello, a juicio del deán, le da poder a Trump para detener cualquier investigación criminal, incluida la de sus hijos y la cuestión de la intromisión de los rusos en la elección presidencial. O sea, el uso irracional de la facultad de indulto lo convierte potencialmente en un dictador y le permite obstruir la justicia de manera discrecional.

Es cierto que el presidente de los Estados Unidos tiene la facultad de indulto. Pero también es cierto que ese poder no puede usarse sin restricción alguna, y mucho menos puede ser medio para burlar la justicia y para hacer inefectivos los actos del poder judicial. Perdonar a Arpaio es proclamar de nueva cuenta el odio hacia México.

Arpaio es un símbolo anti-inmigrante, y si bien los latinos fueron objeto de sus persecuciones, lo cierto es que su actuación arbitraria y antijurídica iba dirigida principalmente en contra de mexicanos. Arpaio odia a México y representa los sentimientos anti-mexicanos más exacerbados. Por eso Trump lo admira y lo apoya.

Los tweets en contra de México no fueron aislados: revelan el profundo odio que Trump siente hacia México y hacia los mexicanos, y deben entenderse dentro de una campaña que fomenta la animadversión hacia nuestro país. Aún a costa de descuidar a sus propios ciudadanos ante el peligro de un huracán, el presidente de los Estados Unidos prefiere atacar a México de todas las maneras posibles.

¿Por qué tanto odio?

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