Comenté ayer aquí que de 23 gobernantes de un mismo número de países, solo seis reciben una calificación aprobatoria…
Comenté ayer aquí que de 23 gobernantes de un mismo número de países, solo seis reciben una calificación aprobatoria por más de la mitad de sus gobernados. La impopularidad de la mayoría de los gobernantes no es gratuita y se debe a diversas razones.
Sobre este asunto escribió el 6 de abril pasado el mexicano José Ángel Gurría, secretario general de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) y ex secretario de Hacienda y Crédito Público y de Relaciones Exteriores de nuestro país:
“La gente confía más en las acciones que en las palabras. Por lo tanto es revelador que los actuales niveles de confianza son peligrosamente bajos. Mientras tanto, los parlamentos, presidentes, primeros ministros, ministros, partidos políticos, las multinacionales, los sistemas bancarios y las organizaciones internacionales son objeto de severas críticas.
“Los legados de la crisis siguen presentes. La desigualdad es cada vez mayor. El desempleo sigue siendo inaceptablemente alto en muchos países. El crecimiento, especialmente en China y en muchas economías emergentes y en desarrollo, es lento y hasta negativo. Los jóvenes se sienten dejados atrás y los refugiados, huyendo de grandes conflictos, continúan su precaria odisea hacia Europa.
“¿Cómo superar las críticas y los desafíos? Mediante la entrega de resultados.
“La confianza también se ha derrumbado. Los ciudadanos están cuestionando las motivaciones y la capacidad de los líderes para tomar las decisiones correctas. La cantidad de dinero que hay en la política deja un sabor amargo en sus bocas. Mientras que el dinero es necesario para financiar ciertos aspectos de la democracia, la política pública no puede estar nunca a la venta”. Hasta aquí lo escrito por Gurría.
Efectivamente, como dice el jefe de la OCDE, “la gente confía más en las acciones que en las palabras” y está harta de escuchar las promesas generalmente incumplidas de sus “parlamentos, presidentes, primeros ministros, ministros, partidos políticos”, de atestiguar la voracidad de tantas multinacionales y sistemas bancarios y constatar la inutilidad de un buen número de organizaciones internacionales.
Los bajos niveles de aprobación de los gobernantes son el resultado de la cada vez mayor desigualdad, del desempleo que “sigue siendo inaceptablemente alto en muchos países”, del crecimiento que “en muchas economías emergentes y en desarrollo es lento y hasta negativo”. Los jóvenes “se sienten dejados atrás” y ya no confían en quienes ocupan puestos relevantes dentro del sector público y privado.
Los gobernantes son reprobados porque “los ciudadanos están cuestionando las motivaciones y la capacidad de los líderes para tomar las decisiones correctas”. En México, por ejemplo, cada vez con mayor frecuencia se preguntan si hay alguien a cargo del gobierno de su país, estado o ciudad.
¿Pueden disfrutar de altos niveles de popularidad el presidente Enrique Peña Nieto, los 32 gobernantes locales y los miles de presidentes municipales si, de acuerdo a datos dados a conocer ayer por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), siete de cada 10 mexicanos se siente inseguro en su ciudad? No lo creo.
¿Pueden recibir una calificación aprobatoria por una mayoría de mexicanos los legisladores federales y locales que hacen hasta lo imposible por proteger sus intereses de clase y partido, como es el ocultar su declaración 3 de 3? Imposible.
Mucho de lo que afecta a los habitantes en la mayoría de los países es resultado de sucesos económicos, políticos y sociales que ocurren en algún o algunos lugares del mundo pero que tienen efectos globales. Por ejemplo, la caída de los precios del petróleo no es culpa del gobierno mexicano pero el aumentar los precios de la gasolina y la electricidad es una torpeza más de dicho gobierno que prometió que la reforma energética se traduciría en una baja de dichos precios.
Día tras día los mexicanos así como los habitantes de casi todos los países somos bombardeados por las palabras de quienes supuestamente están a cargo. Son tantas palabras que ya no las escuchamos, tantas promesas que no las creemos. Lo peor de todo es que muchas cosas buenas que ocurren se pierden entre tanta palabrería.
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