La visita del Papa Francisco a México ha logrado fusionar como nunca se había visto a…
La visita del Papa Francisco a México ha logrado fusionar como nunca se había visto a las parafernalias religiosa, política y mediática en un amasijo amorfo donde se perdieron matices y sentidos. De la visita se hizo un espectáculo casi obligatorio de ver y escuchar en la televisión abierta y en muchas estaciones de radio; los medios impresos y por streaming también se lanzaron al ruedo para hacer casi una cadena nacional. En la ciudad de México, el tráfico y el transporte se desquiciaron durante horas, afectando a millones de personas en un día laborable.
Como se había adelantado en esta página la semana pasada, el Papa daría mensajes generales sobre temas sensibles, pero nada concreto que pudiera enfrentarlo ni de lejos con los anfitriones o patrocinadores. Así, Francisco ha regañado a los altos prelados mexicanos llamándolos a renunciar a la riqueza y la cercanía con el poder, exhortándolos a acercarse a la esencia misma de lo que debería ser su labor pastoral. A los ricos y a los poderosos les ha llamado la atención sobre la injusticia que genera violencia y pobreza. Ha hablado en favor de los derechos humanos, contra la trata de personas, contra los asesinos y “traficantes de la muerte”. En fin, ha hablado sin memoria, como si la Iglesia católica no tuviera una historia oscura, antigua y reciente, como si no estuviera cruzada de diferencias aparentemente irreconciliables, en donde se manifiesta la lucha por el poder, pero no el apostolado.
Decía Julio Cortázar a propósito de la publicación de su retrato en la portada de una conocida revista norteamericana (¿Time, Life?), que la verdad estaba en la contraportada. Y en efecto, ahí se veía un anuncio de Coca Cola, el verdadero rostro. De la misma manera podemos voltear la gira papal y ver la contraportada de su viaje auspiciado y patrocinado por los poderosos del dinero y de la política, esos a los que dirige mensajes para que cambien. Cristo llegando al templo de la mano de los fariseos y dirigiendo discursos en lugar de acciones.
Hubo un tiempo en que entendíamos en México que la laicidad era persecución religiosa. Con el correr de los tiempos, se volvió hipócrita distancia: funcionarios yendo a hurtadillas a misa y a confesión. ¿Qué es ahora laicidad y Estado laico? Es la nada, son palabras sin definición ante una pantalla en donde el propio presidente de la República comulga en público en un acto indiscutiblemente político. Si lo perdona Dios, ¿por qué no lo han de perdonar los mexicanos?
Como habíamos adelantado, la visita está dando para todo y para todos. Los críticos de Peña aseguran que en las palabras del pontífice está la confirmación de sus alegatos; los padres de los desaparecidos encuentran consuelo y un aliciente para seguir exigiendo; los ricos y poderosos están tranquilos, la visita está resultando inofensiva; la Iglesia mexicana podrá seguir peleando una vez que se marche Francisco.
No hay nada peor que los mensajes papales lleguen a oídos de sus destinatarios y estos no se sientan aludidos. En el fondo significa que no le conceden la estatura moral y política para sentirse afectados. Probablemente, se marchará Francisco confundido o frustrado: la parafernalia mató los mensajes.
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