Nuclear, Jacobo, nuclear…

Dicen que en la guerra y el amor todo se vale. Tal vez en la guerra no es así. Dicen que en la guerra y el amor todo se vale. Tal vez en la guerra no es...

6 de agosto, 2015
RHT
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Dicen que en la guerra y el amor todo se vale. Tal vez en la guerra no es así.

Dicen que en la guerra y el amor todo se vale. Tal vez en la guerra no es así.

El proyecto Manhattan buscaba desarrollar un arma de destrucción masiva que pusiera punto final a la Segunda Guerra Mundial. Se trataba de un tipo de bomba nuevo; algo jamás imaginado y con niveles de destrucción que hacían dudar a todo mundo sobre la conveniencia de intentar construirla. Una de las voces que más influyó para decidirlo fue la de Albert Einstein quien extrañamente no participó. Robert Openheimer, Luis Álvarez, John von Neuman, Leo Szilárd fueron algunos de los científicos que intentaban convencer al gobierno norteamericano de construir una bomba basada en la desintegración de los átomos.

Usted querido lector, la pantalla en la que lee este estupendo texto sobre ciencia y miscelánea cultural, la bici de su infancia y el bonsai que no sabe porqué pagó a meses sin intereses, están formados de las mismas tres cosas (no sustancias; solo cosas). Los protones, los electrones y los neutrones. Dependiendo de la cantidad que de cada una de ellas ponga se formará un tipo de átomo y con hartos del mismo, una sustancia pura; lo que viene siendo un elemento. El más simple de los elementos tiene un protón de carga eléctrica positiva, un electrón negativo y adivine usted la carga del neutrón. Se trata del hidrógeno, tan ligero que es un gas. Los protones y neutrones son enormes y amontonados en un centro llamado núcleo. Los electrones son diminutos y deambulan dando vueltas alrededor del núcleo.

Resulta que si usted logra separar el núcleo de un átomo se libera una gran cantidad de energía calorífica, radiación y se desprenden pedacitos de átomo a velocidades inmensas. Los físicos de aquellos años imaginaron que si se lograba separar una buena cantidad de átomos de los más grandes, por ejemplo del uranio que llega a tener entre 238 protones en su núcleo, la energía provocaría una explosión inmensa. Tenían razón. Y no sabían cuanta hasta que detonaron la primera.

¿Y Einstein? Bueno por aquel entonces era un rockstar de la ciencia. Una especie de Cristiano Ronaldo de la física. Nadie entendía muy bien lo que hacía pero todo mundo quería una foto con él. Así que Szilárd le pidió que escribiera una carta al presidente de los Estados Unidos, Roosevelt, si no nunca los iban a pelar. Para bien y para mal, Roosevelt les hizo caso y todo terminó e inició con la primera detonación el 16 de julio de 1945 en el desierto de Nuevo México, no lejos de la frontera y tal vez por aquello de si alguna vez nos lo regresaban. Poco después y de forma francamente innecesaria, se bombardeo Hiroshima el 6 de agosto de 1945 y Nagasaki el 8 de agosto del mismo año. Hoy exactamente hace 70 años.




Sunao Tsuboi estuvo ahí. Era un estudiante de 20 años cuando ocurrió el primer ataque nuclear sobre su ciudad. Imagine el pipazo de hace unos meses en Cuajimalpa. Si lo multiplica por cien tiene la explosión de San Juanico que ya nadie recuerda pero se puede googlear. Multiplique ésta por mil y tal vez pueda imaginar la explosión de Nagasaki, considerada de baja intensidad junto a las actuales armas nucleares. Sunao Tsuboi declaró hace unos días al diario británico The Guardian cómo tras escuchar un gran estruendo salió volando por los aires más de diez metros. El horror se volvió realidad. Algunos pensadores consideran que junto con el primer alunizaje es lo único que se recordará del siglo XX. Casi medio millón de víctimas entre ambos ataques. Siete días más tarde Japón se rindió.

La idea que se tenía hasta entonces de la ciencia buena y la neutralidad de los científicos, de una especie de asepsia moral se desmoronó con la primera pagoda vaporizada. Pensar que los científicos y tecnólogos son seres como los de The Big Bang Theory, inofensivos, asexuados, sin sesgos religiosos o políticos es uno de los mitos más extendidos aún entre los propios científicos.

A esto agregue lo que el maestrazo John Oliver y su equipo trasmitieron hace unos meses. Algunos de los sistemas de lanzamiento de misiles nucleares norteamericanos usan discos flexibles de 5 ¼.

Y uno de los generales con autorización directa sobre los sistemas fue detenido en Moscú tras alborotar alcoholizado en un bar mexicano al insistir en tocar con el grupo de covers una rola de los Beatles. Déjeme enfatizar dos cosas: Un bar mexicano de covers de los Beatles en Moscú. Un general ebrio que escandalizó a las autoridades de Rusia, un pueblo que considera la vodka como alimento de primera necesidad y parte de la canasta básica.

Al menos hace 70 años tenían clara la carga moral de lo que hicieron.

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