No basta con tener la razón

La demencial actuación de Donald Trump en la Casa Blanca; especialmente su descabellada política “migratoria” y sus delirios…   La demencial actuación de Donald Trump en la Casa Blanca; especialmente su descabellada política “migratoria” y sus delirios...

21 de marzo, 2017
RHT
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La demencial actuación de Donald Trump en la Casa Blanca; especialmente su descabellada política “migratoria” y sus delirios…

 

La demencial actuación de Donald Trump en la Casa Blanca; especialmente su descabellada política “migratoria” y sus delirios inmobiliarios por los que pretende construir la sucursal americana de la Muralla China a las orillas del río Bravo, han recrudecido los viejos pendientes entre Mexico y los Estados Unidos.

La gravedad de la situación, obliga ante todo a actuar con cordura.

Desde que escribí el libro “Heridas que no Cierran”, publicado por Editorial Grijalbo en 1988, he sostenido lo que ahora he vuelto a sostener en el libro titulado “El Río de los Regresos”, (The Comeback River) que será publicado en Estados Unidos este próximo verano.

California, Nuevo México y Tejas siguen siendo territorio mexicano en 2017.

Lo anterior, porque de acuerdo a todas las normas y principios del Derecho Internacional (vigente desde la época de la invasión estadounidense y hasta la fecha), tenemos lo siguiente:




Las guerras de agresión son contrarias al Derecho Internacional hasta tal punto, que la victoria militar no genera derechos a favor del vencedor sobre el vencido.

La adquisición violenta de territorios, es inadmisible.

Los tratados internacionales impuestos mediante violencia, son nulos.

Si consideramos que la invasión por parte de los Estados Unidos contra México fue una guerra de agresión totalmente injustificable;

Si tenemos presente que California, Nuevo México y Tejas fueron conquistados mediante la guerra desatada por Estados Unidos en nuestra contra desde 1836;

Si tomamos en cuenta que el Tratado de Guadalupe Hidalgo fue impuesto a México de manera violenta y bajo amenazas de mayores pérdidas;

Si recordamos que el Senador Thomas Corwin  denunció de manera clarísima el monstruoso atropello cometido por Estados Unidos en agravio de México, en un discurso que constituye una prueba documental fehaciente e irrefutable;

La conclusión no puede ser otra que la siguiente:

Estados Unidos jamás ha tenido ni ejerce soberanía en California, Nuevo México y Tejas, sino únicamente jurisdicción. La soberanía sigue siendo de México.

El único derecho de los Estados Unidos en esos territorios, es, como dijo el Senador Corwin en 1847: “el derecho del más fuerte”.

Todo esto nos lleva directamente a sostener, con plenitud de fundamento jurídico, que el Tratado de Guadalupe Hidalgo es nulo.

La nulidad destruye retroactivamente los efectos de tratados viciados como ese; PERO…

PERO la Convención de Viena sobre el Derecho de los Tratados, modera los efectos de tales nulidades, cuando en su artículo 71 reconoce la necesidad de tomar en cuenta las circunstancias por las cuales deberá ejecutarse la nulidad de la que se trate.

Concretamente, tenemos que considerar que hay muchísimos millones de seres humanos que, sin ser mexicanos, han nacido en California, Nuevo México y Tejas, y que esos territorios son su hogar; la tierra donde estan sus raíces.

Y no solo eso; sino que además, nuestra sangre se ha mezclado dando lugar a una raza nueva que constituye lo que bien podemos llamar Mex-América.

Suponer que Estados Unidos vaya a devolvernos esos territorios, y además debidamente saneados, desocupados y vacíos, es no solamente una utopía, sino que incluso si fuese posible, sería algo inhumano y contrario a la justicia.

Lo que Estados Unidos no puede ni debe hacer en este momento, es cometer delitos de lesa humanidad en agravio de los millones de mexicanos a los que no tiene derecho alguno de deportar, porque habitan territorios sobre los que esos mexicanos, tienen pleno derecho de residir y transitar libremente.

Lo que los Estados Unidos  tampoco puede ni debe hacer, es dictar medidas y políticas unilaterales, decidiendo sobre la vida de seres humanos que tienen el derecho histórico, jurídico, político y moral de permanecer en las tierras donde viven; tierras que ni Santa Anna ni nosotros vendimos; que jamás hemos perdido; y que jamás  dejarán  de ser nuestras, porque jamás las hemos abandonado ni las abandonaremos.

A pesar de la claridad indiscutible de nuestro derecho, tenemos que encontrar la forma  de compaginar; de adecuar la realidad de la convivencia de más de siglo y medio en una forma similar a la que los chinos encontraron junto con los ingleses para lograr la devolución de Hong Kong sin que se destruyera lo positivo que ese antiguo enclave imperial de Inglaterra tenia y sigue teniendo para bien de la República Popular China y del mundo entero.

Necesitamos impulsar una revisión histórica indispensable, para que tanto los mexicanos como los estadounidenses conozcan una verdad que es ignorada o poquísimo conocida a ambos lados del río; la verdad sobre los derechos de México que son vigentes a la fecha.

El discurso del Senador Corwin no solamente es una prueba contundente de nuestros derechos, sino una invitación a la cordura y a la reconciliación.

Lo que tenemos que hacer entender a los Estados Unidos, desde el inquilino de la Casa Blanca hasta el más recalcitrante “redneck” es que los mexicanos no somos ilegales en California, Nuevo México y Tejas, y que los únicos ilegales (casualmente) son los norteamericanos.

En teoría podríamos llevar nuestro derecho hasta los confines de la venganza; pero la historia de la humanidad está llena de ejemplos que nos gritan para que aprendamos que del odio nada bueno puede nacer; y que la más sólida razón se pierde sin remedio, cuando las víctimas se convierten en verdugos.

Hay dos párrafos indispensables del Discurso Corwin, que deben normar nuestras acciones en defensa de los mexicanos que viven en carne propia las consecuencias de la invasión y conquista de California, Nuevo México y Tejas:

“Puede usted robarle estas tierras a México; puede arrebatárselas con esta guerra; puede retenerlas por el derecho del más fuerte; pero un tratado de paz legitima y libremente firmado con el pueblo mexicano, para ese efecto, jamás lo tendrá usted”.

Este párrafo deja en claro que la de Estados Unidos, es la única presencia ilegal en nuestros territorios del norte.

“Lavemos de nuestras manos la sangre mexicana; y en estos altares, en la presencia de la  imagen del padre de esta patria, que nos mira hoy, juremos preservar una paz honorable con todo el mundo, y abracemos una fraternidad eterna unos con otros”.

Este fragmento culmina el Discurso Corwin, y nos invita hoy a convivir como hermanos; estadounidenses y mexicanos,  a 170 años de haber sido pronunciado.

Yo creo que debemos darle a nuestros compatriotas que viven al norte de  El Río, las armas del conocimiento y la certeza; pero además, las armas de la voz y el voto, para que vengan a nuestro Congreso Federal a ocupar el sitio que les pertenece, y del que han estado ausentes injustamente todo este tiempo.

Yo creo que debemos poner en sus manos el arma invencible del conocimiento y de la convicción, para que sean ellos quienes escriban su historia y decidan su destino ejerciendo el derecho a la autodeterminación, que puede llevarlos a medidas independentistas como lo ocurrido en Kosovo, o a una integración continental siguiendo el modelo de la Union Europea.

Yo creo que la obligación de quienes conocemos la verdad, es ponerla en manos de quienes tienen el derecho de ejercerla y hacerla valer: Los mexicanos del norte del “Río de Los Regresos”; los hijos de Cuauhcetcui; el águila de nuestros ancestros que guía nuestro regreso,  y que tienden su mano fraternal a los hijos de los soñadores  que tocaron las costas de América del Norte por primera vez, a bordo del Mayflower;  porque ha llegado la hora de darle oportunidad al amor para que sea la fuerza que finalmente nos gobierne.

No basta con tener la razón; es indispensable hacerla valer con sensatez y con generosidad.

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