La publicidad de los bancos nos incita a llevar nuestro dinero y nos promete la gran suma si lo dejamos durante algunos meses o años…
La publicidad de los bancos nos incita a llevar nuestro dinero y nos promete la gran suma si lo dejamos durante algunos meses o años. Existen instituciones bancarias que consienten en aperturar cuentas de ahorro con poco dinero e inclusive otorgar crédito sin que tenga uno que llenar requisitos tales como enseñar un comprobante de ingresos. Pero tantas facilidades deberían resultar sospechosas.
En la oficina de un banco que en ese tiempo se llamaba Bonos del Ahorro Nacional, mientras esperaba en la fila para ser atendida, vi la discusión de un hombre con el cajero. El motivo era la decepción. Veinte años atrás había depositado la suma de diez mil pesos y en aquel momento –estamos hablando del año 1993– en lugar de cobrar el millón que pensaba, recibiría sólo cincuenta centavos.
Tristemente pocas personas han sido entrenadas para manejar el dinero. A la mayoría se nos enseña a ser un buen empleado o un buen profesionista; que se es decente en la medida que se viva para trabajar y ahorrar para el futuro, para la vejez, para las vacaciones, ¡para tantas cosas que dicen también los anuncios a falta de nuestros verdaderos objetivos!
Aquel hombre hizo el esfuerzo de ahorrar. Había pasado veinte años de su vida esperando decentemente porque quiso tener un millón de pesos para esa Nochebuena, ¡y qué chasco!
Aparte de que llegamos a la adultez viendo el dinero como un objeto entre sagrado, sucio, escurridizo, vivo y no te entiendo, nos encontramos con una dinámica de doble juego. Por un lado las metas a largo plazo –inversiones con interés compuesto – y por otro las exigencias de cumplir con un monto mínimo específico en la cuenta de ahorro para merecer la alcancía o la vajilla de premio. O las consecuencias de frecuentar los centros comerciales y comprar y darse gusto y pagar gastos con la tarjeta de crédito para que todo se haga o se logre como Dios manda: de manera inmediata.
Para asuntos monetarios lo primero que se necesita es paciencia y constancia, algo que sólo he podido ver en gente de la clase alta. Los de en medio y de abajo vivimos apremiados por los gastos del día a día y ahí sí los imprevistos le hacen honor a su nombre.
Es la única explicación que encuentro para la conducta de esa persona que decidió, sin más, abandonar diez mil pesos en un banco en 1973; que no incrementó su capital con depósitos nuevos y ni siquiera fue a cerciorarse de que se le hubieran agregado los intereses de cada mes. Sumemos los vaivenes inflacionarios que hubo en ese lapso. Al ojo del amo engorda el caballo, dice un refrán por ahí que seguramente olvidó.
En este tiempo previo a la Navidad, que corren ríos de gente comprando e intercambiando regalos, no puedo evitar hacer el papel de Grinch. La ruina feliz campea por las calles. Todos iremos a fiestas y estrenaremos cosas que, si bien nos va, terminaremos de pagar a finales del año que entra para volver a embarcarnos en otra alegre temporada de fiestas decembrinas.
Ya no soy una niña pero me sigue gustando esta época del año. Aún con todo ese afán de consumir, la gente muestra sus dos caras de siempre y luce, cual árbol cuajado de adornos, la relación ambivalente que tenemos con el dinero.
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