El factor México nunca había jugado un papel tan relevante en la lucha por la Casa Blanca como ahora.
El factor México nunca había jugado un papel tan relevante en la lucha por la Casa Blanca como ahora. Lo malo es que lo está jugando en forma negativa para nuestro país. México es factor de la mano de Donald Trump, quien ha escalado su discurso. El día de ayer, el periodista Bob Woodward, el de Watergate, le preguntó al aspirante republicano sobre su plan para obligar a México a pagar el muro fronterizo. Respondió que implementaría varias medidas entre las que destacan el retiro de subsidios, rompimiento de acuerdos comerciales y el cobro de impuestos a las remesas. Woodward quiso presionar a Trump y le recordó que México es una nación soberana y que las medidas mencionadas podrían no tener el poder de obligarnos a pagar el dichoso muro. Pero el magnate, como buen bravucón, siempre eleva la apuesta y fue entonces que contestó: "Confía en mi Bob, cuando revitalice nuestro ejército, México no va a estar jugando con nosotros a la guerra. Eso te lo puedo decir. México no va a jugar con nosotros a una guerra.”
Fiel a su etilo de “reality show”, Trump lanza bravatas que no sabemos si está dispuesto a cumplir. Sabe que una serie de medidas económicas contra nuestro país podría darle resultado. Es difícil que en realidad esté pensando en una guerra. Ahora bien, muchos se han expresado sobre el carácter, personalidad e intenciones del puntero republicano, lo han acusado de fascista, populista, orate y otras lindezas por el estilo, pero aquí la pregunta pertinente es: ¿por qué la gente está votando por él en las primarias?, ¿por qué cada vez más líderes republicanos se están alineando con su posible candidatura y su discurso?
Desde luego, los Estados Unidos de la segunda década del siglo XXI no son la Alemania de los años 20, humillada y derrotada, pero se comportan como si no fueran todavía la nación más poderosa que ha existido sobre la Tierra. Los norteamericanos están votando por Trump no a pesar de lo que representa, sino precisamente por lo que representa. Las razones que dan son muchas y algunas de ellas absurdas. En un reciente reportaje, el New York Times logró recuperar algunas de las voces que votaron por Trump en el supermartes. Uno votó porque lo considera un hombre decente que ha educado a sus hijos de igual forma; otra dijo que al tener un ego gigantesco, eso podría ser benéfico para los Estados Unidos (¿?); un tercero aseguró que el aspirante republicano es un hostigador que no teme pelear por los norteamericanos para conseguir lo que quiere; otros porque ha prometido echar a los musulmanes.
En fin, el problema no es Donald Trump, que por lo demás debería ser parte de una película de Peter Sellers o Monty Python, tal vez una sección de Saturday Night Live, sino los millones de votantes que ahora lo siguen y que muestran una mezcla de patrioterismo, frustración, ignorancia y miedo, resultado de años y años de escuchar discursos trillados sobre el terrorismo, mentiras sobre la migración y el destino manifiesto que deberían tener los norteamericanos. Toda esta bazofia se ha cristalizado en un hombre: Donald Trump, el Donald, aquel que será el mejor presidente que haya tenido su nación, el que los regresará a la superpotencia sin miedo.
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