¿Mal karma satelital?

Descontando los satélites que se nos caen y la leyenda urbana sobre espionaje y robo de piezas rusas por judiciales mexicanos para perfeccionar el proyecto… Descontando los satélites que se nos caen y la leyenda urbana sobre...

21 de mayo, 2015
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Descontando los satélites que se nos caen y la leyenda urbana sobre espionaje y robo de piezas rusas por judiciales mexicanos para perfeccionar el proyecto…

Descontando los satélites que se nos caen y la leyenda urbana sobre espionaje y robo de piezas rusas por judiciales mexicanos para perfeccionar el proyecto Apolo, la historia de México en el espacio es más larga e interesante.

A principios de los años cincuenta un grupo de científicos de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, entre ellos Candelario Pérez y Juan Cárdenas, diseñaron cohetes que lanzaban desde un paraje lleno de nopaleras que se conoció como Cabo Tuna. El primer gran éxito de los potosinos fue el lanzamiento de un cohete el mismo año en que los soviéticos pusieron en órbita el Sputnik, el 28 de diciembre de 1957. Bajo la dirección de Gustavo del Castillo se logró lanzar un proyectil de 1.70 metros de alto y 8 kg de peso que llegó hasta un altitud de 2,500 metros. Nuestro primer cohete científico había dado inicio a la era espacial mexicana. Los diseños mejoraron y el programa continuó hasta 1972 cuando fue cancelado de forma definitiva. En 1958 la Secretaría de Comunicaciones lanzó un cohete de combustible líquido desde Guanajuato. Con todo y el satélite Morelos y el doctor Rodolfo Neri comiendo amaranto y pipitorias en un transbordador espacial, los ochenta fueron bastante desabridos, espacialmete hablando.

En los noventa la UNAM desarrolló un proyecto llamado Programa Universitario de Investigación y Desarrollo Espacial que diseñó los satélites llamados UNAM-SAT, usando la plataforma tecnológica de la Organización Amateur de Satélites (AMSAT). El primero de estos satélites se destruyó durante el lanzamiento en un cohete de bajo costo de una universidad rusa. Se rehízo con el nombre de UNAMSAT 2 (B) y se lanzó en un cohete convencional ruso también. Los planes para el desarrollo del UNAM SAT III dedicado a la investigación en detección temprana de terremotos nunca se lograron concretar. Tristemente el programa fue cancelado en 1997 y ese mismo año se formó una empresa que controlaría las actividades satelitales mexicanas, SATMEX. Un año más tarde lanzó el Satmex 5, y comenzó a administrar los satélites Morelos y Solidaridad desde Hermosillo e Iztapalapa donde, además de la Pasión de Cristo y uno de los tianguis de cosas robadas más grande del mundo, hay un centro de control espacial.

Hace dos años el satélite Bicentenario comenzó la modernización de nuestro sistema satelital y el 16 de mayo pasado el Centenario no alcanzó la órbita y cayó en medio de la nada siberiana, lo cual pasa hasta en las mejores películas.

En el filme Hasta el fin del mundo de Win Wenders, a lo largo de la historia se hace referencia del fallo de un satélite artificial. En realidad nunca forma parte de la trama hasta que se cae y pasan muchas cosas que si tiene paciencia (es una película larga) lo van a sorprender. Y es que los satélites artificiales son como el aire, no se ven pero son indispensables y solo nos acordamos de ellos cuando nos ahogamos. Gran parte de la economía y de nuestra vida cotidiana depende de los satélites y de la industria espacial. Sin embargo tal vez la tragedia no es en sí misma la caída del Centenario.




Hace unas noches un comunicador radiofónico dijo que “qué más se podía esperar de un país como Rusia y de un cohete que se llama Protón.” Que esas cosas pasan por contratar una empresa patito. Que estamos salados.

En realidad mirando la historia, tanto Rusia como la vieja Unión Soviética tuvieron tantos éxitos en la exploración espacial que es difícil asegurar quien ganó la famosa carrera espacial, salvo que el análisis se haga acabando de ver Armaggedon con Bruce Willis.

No solo pusieron en órbita a la famosa perrita Laika que nunca pudo entender lo que quería decir push the red button y jamás regresó a la Tierra. También al primer humano, la primera caminata espacial, la primera mujer en el espacio; llegaron antes a la Luna con robots y tocaron la superficie de Venus y de Marte; desarrollaron la extraordinaria estación espacial MIR que solo cayó cuando el colapso económico ruso de los noventa la llevó a que se desintegrara en la atmósfera junto con el resto de la URSS. Aún así, la principal forma de abastecimiento de la actual Estación Espacial Internacional es a través de las naves rusas Soyuz.

La Soyuz es fabricada por la compañía Energía que es parte del consorcio ILS quien lanzó el fallido satélite Centenario la semana pasada. Parte de ILS es también la empresa Khurnichev que diseño y construyó todas las estaciones espaciales soviéticas incluyendo la MIR e igualmente ha desarrollado y comercializa el cohete Protón. Los primeros Protón se usaron a mediados de los años sesenta y se han ido mejorando desde entonces. La versión M que transportaba nuestro satélite se usa desde 2007 con más de 100 lanzamientos, diez de los cuales han fallado. ¿Eso es mucho o poco? Hace un par de años Natalia Romanova de la Academia de Ciencias de Rusia publicó un análisis de los lanzamientos fallidos a nivel mundial según el tipo de cohete, el sitio de lanzamiento y las condiciones geofísicas imperantes desde 1957.

El lugar con más lanzamientos es Pletsek en Rusia y el segundo Baikonur que además tiene la mayor cantidad de accidentes incluyendo el del Centenario. El cohete con más accidentes es el Thor que se ha usado para lanzar los satélites Corona. Al menos sabemos lo que bebían los ingenieros que lo diseñaron y la probable causa del nombre y de que se caigan tanto. En segundo sitio está el Protón, pero hay que decir que salvo la altísima efectividad de los Soyuz y el desastre de los Thor, la mayoría de los cohetes tiene un porcentaje similar de fallos. Sin embargo tanto el número de accidentes como su porcentaje han ido disminuyendo a lo largo de los años.

La pérdida del satélite Centenario es una tristeza pues era una magnífica pieza de ingeniería. En estos tiempos de desánimo patrio hay que tener claro que pese a su diminutez las experiencias espaciales mexicanas no son malas. Deberían ser mucho más amplias pues es un área estratégica para el desarrollo social, económico y científico. La tragedia real es que no podemos construir nuestro propio satélite ni tenemos recursos para colocarlo en órbita. No se trata de mal karma o mala suerte, sino de decisiones de política científica equivocadas con consecuencias económicas y sociales. Mal karma espacial, solo que nos cayera encima un pedazo del retrete de la estación espacial MIR como en la fallida novela Maldito Karma de David Safie. 

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