Todos aquellos que nacimos en el año de 1985, sin importar el mes, se nos conoce cómo “los hijos del temblor”.
Todos aquellos que nacimos en el año de 1985, sin importar el mes, se nos conoce cómo “los hijos del temblor”. La sociedad así nos puso para no olvidar y que no olvidáramos la tragedia que muchos de nosotros, por gajes de la edad, no recordamos. Sin embargo, después de una serie de oleadas sísmicas vividas para ser recordadas,- entre las que se incluyen “un aviso oportuno”, una tragedia puntualmente revivida y una réplica póstuma capaz de abrir heridas-, creo que el estigma que marcaba a una generación ha sido sobrepasado, porque al día de hoy todos, absolutamente todos los mexicanos, nos hemos vuelto hijos del temblor.
Los hijos del temblor nacimos cuando sacudidos por los movimientos de la tierra, abandonamos el limbo de la apatía e indiferencia, para re–emerger como sociedad y reconocernos. Dejamos de ser unos para volvernos todos. Para compartir el miedo, el dolor y la esperanza, pero sobre todo, para experimentar momentos -que espero sean eternos- en donde la creencia que tradicionalmente nos atrapa fue sustituida por la de la ayuda, por la capacidad de mirarnos a los ojos y reconocer que lo que le afecta a uno le afecta al otro. Siendo este el nacimiento de una sociedad, que sin necesidad de campañas, emergió de las ruinas que la aprisionaban.
Con cada escombro removido y cada ladrillo nuevo que se coloca, los mexicanos estamos reconstruyendo más que una estructura, estamos reconstruyendo nuestro tejido social y con ello, nuestra Patria, para ofrecerle un futuro al que tal vez no hubiésemos podido acceder, hasta que el pasado fuera derrumbado y la sacudida nos hubiera despertado. Porque lo que nos ocurrió sobrepasa cualquier aspecto material al que nos pudiésemos haber encadenado, y porque al compás del movimiento de la tierra se cayeron los velos que nos mantenían sesgados.
Después del temblor, las ruinas y su polvo apocaron los colores de las clases sociales, de las herencias étnicas, y de cualquier rastro de pigmento partidista para recordarnos que como sociedad, todos somos uno y que los que nos gobiernan son otros. Pero que unidos en cadena, de misma manera en que removemos los escombros, los sobrepasamos a ellos junto con sus malos manejos y todos los males que su miopía, avaricia y egoísmo nos han causado. Esos somos los hijos. Aquellos que a zarandeadas y lágrimas renacimos para México este 19 de septiembre con la firme convicción de dejar de ser víctimas, para ser responsables.
Hemos tomado las calles de nuestro destino y la reconstrucción social apenas empieza. Procuremos no reconstruir lo que ya ha sido derrumbado y no olvidar lo que ya ha sido recordado.
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